Como hemos visto, en las instituciones totalitarias se moldea al individuo, en términos durkheimnianos se diría que los "educa", mientras que en el marxista se preferiría la palabra "reificación" o legitimación de la situación actual.
El caracú es, que finalmente, en la familia al individuo se le inculcan los valores básicos; pero no solamente eso, sino que constituye su primer punto de encuentro con la sociedad.
Como base, la familia transmite al individuo sus pautas, y procura mantenerlas mientras vea en ellas ciertas ventajas, relacionadas directamente con el mantenimiento y fortalecimiento del poder.
Algunas de estas conocidas pautas son aquellas que sentencian:
No discutir a los mayores (porque ellos siempre tienen la razón por tener más experiencia);
No poner en dudas las tradiciones familiares (puesto que son frutos de la experiencia -en el caso más próximo, de los padres, aunque estos lazos se pueden extender hasta los abuelos e incluso miembros más alejados cronológicamente).
Aunque como bien nos lo recuerda M. Foucault, el poder no actúa solamente de forma negativa (bajo prohibiciones y negaciones) sino por sobre todo, bajo la forma del consenso.
Es así como no es de extrañar que la mejor forma de dominación sea positiva, amorosa o si se prefiere, se disfrace bajo la máscara del "amor familiar", y totalitarice de tal manera las relaciones familiares, que bajo este blasón se escondan los terribles abusos, indenunciables y/o impensables puesto que se realizaron por y para el bien familiar.
Cuántos casos hay de violencia mezclada con "grandes" dosis de amor, y todos ellos tienen en común que su origen se encuentra en la familia totalitarista, aquella que desde pequeño enseña al individuo que:
Obedecer a sus mayores le proporciona placer a él mismo puesto que proporciona "satisfacción y orgullo" a sus mayores (a expensas del propio sacrificio);
Las normas familiares no deben ser modificadas en lo más mínimo porque traen unión y consenso en la familia, traen "amor".
Este tipo de mitos se usan como legitimadores de los abusos positivos, o mejor dicho, de aquello que pecan integralmente contra el individuo porque no le permiten desarrollar actitudes críticas (sobre todo ante la familia).
La mesa de debate no existe, solamente la sumisión bajo una bandera inexistente, tejida con el cuidado necesario como para que no desenmascare las barbaries que ocurren abajo.
Toda persona que trabaje en temas relacionados con el abuso sexual sabe que una de las características de la relación entre el victimizante y el agredido, es que éste primero utiliza su poder para convencer al segundo que:
El acto no está mal, es algo bueno;
Utiliza el chantaje emocional para que no lo delate: "si me queres no vas a contar", "los de "afuera" no pueden entender lo nuestro", etc.
Esto provoca en el individuo reacciones contrarias: por un lado despierta su amor, y por el otro el temor y la vergüenza, puesto que en el fondo "sospecha" que aquello no es del todo acertado, pero teme contárselo.
Estos totalitarismos familiares, al igual que aquel hittleriano, se podrían resumir bajo la norma: "los trapos sucios se lavan en casa"... una norma que deriva en interesantes puntos.