Fue en la segunda mitad del siglo XVIII se descubrió la importancia del poder sobre la población (muy diferente a aquel que se ejercía sobre los "sujetos-súbditos" aplicados durante la monarquía). De esta manera, la población se volvió "un grupo de seres vivos que son atravesados, comandados, regidos, por procesos de leyes biológicos"19.
Este nuevo poder se ejerce sobre los individuos como si fueran una "entidad biológica" que debe adquirir determinada dimensión para usarla como medios de producción, y junto con la disciplina dan origen a la bio-política y a la anátomo-política.
Ante las dificultades de la monarquía para seguir controlando desde su gobierno, surgen tecnologías políticas a partir de los siglos XVII y XVIII.
En primer lugar, aparece la disciplina, como un "mecanismo del poder por el cual alcanzamos a controlar en el cuerpo social hasta los elementos más tenues por los que llegamos a tocar los propios átomos sociales, eso es, los individuos"20.
También las prácticas medicinales permiten desplazar la idea de normalización de los límites precisos del cuerpo y de los espacios individuales al campo ampliado de las poblaciones y de sus procesos vitales, mediante la medida, los registros, los diagnósticos, se sujetan a los cuerpos y se los manipula, creándose una forma "mixta de asujetamiento y objetivación".
La disciplina así se convierte en "una tecnología individualizante del poder y enfoca a los individuos hasta en sus cuerpos y comportamientos, es como una anatomía política, una anátomo-política, una política que hace blanco en los individuos hasta atomizarlos"21.
Para recalcar lo anteriormente dicho, podemos reforzar con el discurso de Foucault en el que establece que el poder disciplinario se ejerce sobre "los cuerpos mediante las técnicas de vigilancia, las sanciones normalizadoras y el control permanente que ejercen las instituciones punitivas"22.
El poder de normalización no obliga ni incapacita; sino que define los términos del orden y del desorden, incitando la producción de estos actos, gestos y discursos según un parámetro de normalidad.
De la mano de la anátomo-política surge la bio-política que relaciona los mecanismos de poder-saber y los fenómenos relacionados con la vida.
La gestión de estos fenómenos es la marca de este bio-poder en el cual se integran los mecanismos de normalización y los sistemas más generales de la soberaneidad. En este sentido, los procesos de medicalización de los componentes, conductas y deseos, apoyados en la suposición de la neutralidad del discurso científico, son el nexo entre la normalización y la gestión de la vida.
De tal manera que en ambas tácticas, lo que se busca es aprisionar al individuo a través de su propio cuerpo, regularizando de tal manera que sirva a los fines del Estado antes que a los de su propio poseedor, el individuo.