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La Historia del Príncipe Nazul
Una mujer llegó en una canoa dorada a las tierras del Mayab, venía de lejos, vino por el mar del oriente, el mar que no tiene fin, cuando salió de su canoa y puso su pie en tierra, las palmeras de la playa se inclinaron para saludarla. Nadie supo jamás de dónde vino, pero ella era algo grande, los sacerdotes y los reyes Cupules, tres veces de sangre real, le dieron posada en sus palacios.
Ella era joven y tenía la frente radiante y los ojos muy hondos y transparentes, algunos decían que había nacido del mar sobre una piedra que el agua devoró en tiempos antiguos, de esta mujer que no se conoce el nombre, nació un niño que fue noble en el Mayab, su nombre Nazul, el que es noble por su madre, tenía el niño la piel color cobre, como el cobre puro y ardiente y los ojos del color del agua profunda cuando refleja el cielo.
Nazul nació a la orilla del mar cuando el sol subía por el agua alumbrando al mundo, su madre lo crió de pechos y al acabar, desapareció. Unos dicen que se volvió en su canoa resplandeciente tras dejar a su hijo entre los Mayas como debía ser. Otros afirman que murió a orillas del mar sobre la arena blanca y su cuerpo que era bello y sagrado como el de una diosa se fue entre las olas. Nazul fue recogido en un templo y criado y enseñado en la sabiduría del Mayab.
Un día, cuando ya iba a ser hombre, tomó su manto, flechas y un poderoso arco y se hizo a los montes despoblados. Llevaba en su frente una pluma de faisán y la gente lo reconocía y se inclinaba a su paso. Era un joven hermoso como nunca se había visto en el Mayab, de manos finas y suaves como las de un rey, con brazos fuertes como los del guerrero y muslos rápidos y ágiles como los del cazador, sus pies eran delicados y los llevaba descalzos sin que los espinos y las piedras osaran lastimarlo.
El era agradable y misterioso, decía cosas bellas cuando hablaba, pero hablaba poco, los hombres le hacían reverencia y él les sonreía, las mujeres palidecían mirándole. Nazul cantaba en la soledad del bosque y los pájaros callaban y venían a escucharle. Al amanecer gustaba de cortar flores frescas y adornar su frente con ellas, así lo veían pasar por los caminos y aquel que recibía su mirada se llevaba un soplo de alegría en el corazón.
Siempre llevaba sus armas y nunca mataba animal alguno, un día le preguntaron "Príncipe Nazul, si no eres cazador ni guerrero ¿para qué llevas tus armas? " Y dicen que él respondió "soy cazador y soy guerrero, busco a mi enemigo como cualquiera, pero yo sé cual es la presa y ustedes no lo saben", eso fue todo.
Había ocasiones que cuando el sol iba muriéndose y nacían las estrellas en el cielo, Nazul le hablaba a la gente y les decía "miren bien, cuando una luz se apaga arriba, otras muchas se encienden, no hay oscuridad mas que para aquel que vive debajo de su cuerpo".
Una tarde caminaba por una milpa recién quemada y salió a su paso una serpiente de cascabel, se arrastraba entre los rastrojos calientes y al verlo se detuvo. El la miró y le dijo " pasa tranquilo buen animal, si el fuego, que es espíritu de los dioses no ha querido herirte, ¿por qué yo voy a hacerte daño?". Así era el príncipe Nazul, nacido entre los mayas del oriente.
Visitó la tierra de los coch-huahes, que es vecina del Mayab, lo recibieron con alegría y por gracia de su paso detuvieron la guerra. Se sentó a comer entre los señores grandes y les enseñó muchas cosas sabias, cuando salió de allí los campos se enriquecieron y dieron maíz color oro para dos años, la tierra donde sus palabras eran escuchadas se enriquecía.
Fué entonces a Chinchén Itzá y subió al templo del sol, pasó siete días en meditación y soledad. Una mañana lo vio bajar alumbrado por el sol una virgen, esta virgen era de las que estaban consagradas al fuego santo, se llamaba Itzel, que quiere decir rocío. De solo mirarle, se desvaneció sobre el suelo, desde ese día, ella quedó como hechizada y antes de cambiar la luna, murió como una luz que se apaga.
El príncipe Nazul fue a verla cuando la cubrían de flores para sepultarla en la cripta sagrada, la miró y dijo alegremente "se llamaba rocío y se deshizo al sol. Ahora pueden mirarla todos los días en el rayo que baja del oriente, ella podrá verlo todo sin temor, era menos y ahora es más. Por algo sucede lo que sucede".
Una voz llamó a Nazul hasta un lugar donde había una gruta con agua clara y dulce, árboles de color esmeralda y pájaros que cantan, aquí el príncipe levantó una pequeña ciudad con los jóvenes prudentes y las mujeres puras que eran sus amigos, le puso por nombre Zac-quí, la ciudad que es dulce y blanca. La hizo para que fuese un lugar de reposo y alegría, aquí, en lo bajo de la tierra, los que allí vivían se querían como se quieren los hijos de la misma madre.
Nazul puso en la ciudad la enseñanza y el amor de su alma, tenía una casa alta y vivía solo, por la mañana hablaba con todos los que iban a oírle, de noche, subía a lo más alto de su casa y hablaba con las estrellas. A veces abandonaba la ciudad y nadie sabía a donde iba, pero algunos lo vieron disparando sus flechas contra las nubes del cielo, las flechas iban por lo alto y se clavaban en las nubes y las abrían, éstas derramaban su agua sobre los campos secos.
Había una ciudad llena de pecado y de ferocidad, Ek-Balám, la casa del Tigre Negro. El rey de esta ciudad, mataba hombres y mujeres delante de sus malos dioses. Fué Nazul a Ek-Balám a levantar el corazón de los hombres, entró sin miedo, solo y humilde, llegó a la plaza y llamó al rey para que le escuchase. Habló con voz de paloma y le respondieron con voz de gavilán, tendió su mano sobre ellos y ellos tendieron piedras sobre él. El príncipe santo salió de la ciudad y subió a una colina, volvió la cara para mirar la ciudad perdida para lo bueno y se puso a llorar.
Cuando el cielo vio al príncipe llorar, lloró también. Una lágrima de fuego cayó desde el cielo, una estrella ardiente que arrasó con la ciudad del mal, todos en el Mayab vieron caer la estrella. Luego el cielo lloró lágrimas de agua y cubrió los resto de la ciudad, así desapareció y fué castigada la ciudad de los hombres perversos, solo quedó una laguna triste y amarilla a la que se le dice Yok-há-ek, que quiere decir "llanto del agua y las estrellas".
Entre las mujeres de Zac-quí, había una que se llamaba Sazilakab, la luz de la noche. Dicen que era triste y bonita como la luna, el príncipe Nazul cuando la veía la hacía encenderse y temblar. El, que hablaba a todas con dulzura y alegría, a ella no le decía nada. Los que saben las cosas del silencio cuentan que él era hijo del sol y ella de la luna y que esto tenía significado grande.
Una noche salió Nazul al bosque y encontró a Sazilakab a la luz de la luna, y vino el sol envuelto en su manto y la abrazó, la fue escondiendo entre sus brazos para besarla sin que los hombres lo pudieran ver.
Volvió la luna a resplandecer sobre la noche y volvió el sol a resplandecer sobre el día, pero no volvió Nazul ni tampoco Sazilakab.
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