Los Hombres, los Dioses y las Plantas

Desde el origen del hombre de Mesoamérica, se relaciona su existir con las plantas, cuando los dioses deciden la creación del hombre actual, lo forman del maíz, la diosa Cipactónal usaba sus granos para la adivinación, el pronóstico del curso de las enfermedades y la hechicería.

En este sentido, no solo se convertía en carne humana los granos del maíz, si no que tenía efectos benéficos y eran aprovechables a través del conocimiento.

Como el hombre desde sus orígenes se relaciona íntimamente con el mundo vegetal, la relación del hombre y las plantas es en Mesoamérica un hecho cultural muy importante, por lo que los antiguos hombres tenían un extenso conocimiento de los poderes benéficos (y a veces no tanto) de la gran diversidad botánica de la región.

Cuando los españoles llegan a México, se sorprenden de la enorme variedad de plantas que se comercializaban en el mercado de Tlaltelolco, en la ciudad de Tenochtitlán (hoy la Ciudad de México).

El primer texto descriptivo de la cultura herbolaria náhuatl fué el Libellus de Medicinabulus Indorum Herbis o mejor conocido como Códice De la Cruz-Badiano por los apellidos del autor y del traductor, fué escrito en 1552 con la intención de darle un regalo al rey de España, contiene pinturas de una apreciable calidad sobre las plantas medicinales más representativas de México. Otros textos incluyen la obra de Fray Bernardino de Sahagún, en los libros X y XI de su versión final de Historia General de las cosas de Nueva España, donde menciona las enfermedades y la forma en cómo se trataban, así como la relación de plantas medicinales y su uso.

En la década de 1570, Francisco Hernández, médico de Felipe II, visitó México con el objeto de estudiar la herbolaria y sus propiedades curativas, estudió alrededor de 2000 plantas con efectos medicinales que eran ampliamente conocidas por los médicos indígenas, quienes lo ayudaron a la identificación y recolección de plantas.

Esta obra es conocida como Historia natural de Nueva España, la cual fue publicada íntegramente casi mas de dos siglos después, en 1790. Para aquellos interesados, la única edición actual de la obra completa fue publicada por la UNAM (Universidad Autónoma de México) entre 1959 y 1985.

La clasificación botánica de los indígenas (por que tenían clasificación botánica), no estaba limitada a considerar géneros y especies por las características morfológicas o sistemas de reproducción, abarcaba una visión mucho más amplia, donde se extraía todo tipo de relaciones que la planta pudiese tener con el universo.

Muchas plantas se relacionaban con los dioses, por ejemplo, el quetzalmízquitl (Parkinsonia aculeata), una especie de catácea que tiene distintivas hojas largas que asemejan plumas, se le consideró sagrada y relacionada con Quetzalcóatl.

Tláloc también era "dueño" de ciertas plantas, destacando el iyauhtli (Tagetes lúcida), el ololiuhqui (Turbina corymbosa) y algunos lirios alucinógenos que por crecer en zonas muy húmedas o dentro del agua se asociaron al dios de las lluvias.

Existía una especie de pensamiento denominado hoy en día como animismo, según el cual los seres y las cosas, deben su realidad ontológica a los diversos espíritus que "viven" dentro de ellos o cuyas fuerzas se expresan mediante ellos. De tal manera que los alucinógenos tenían propiedades "celestes" y se utilizaban en procedimientos de carácter chamánico, asociados a situaciones de curaciones religiosas.

Existe amplia evidencia arqueológica de la relación del hombre con las plantas y los dioses, así como restos de pociones curativas encontradas en las excavaciones de antiguas ciudades tanto Mayas, Aztecas, Mixtecas y de otras culturas Mexicanas.

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