Oh, la Seriedad
por Silvestre Revueltas
La seriedad es un arte. Un arte teatral y complicado, que requiere arduo y tenaz entrenamiento. Arte antiguo como el mundo, sobrio y elegante como un discurso científico, severo como una fuga de escuela. Todos los hombres serios son cómicos innatos y actúan siempre con encantadora gravedad; sus actos son mesurados y armónicos, su voz se hace profunda con la responsabilidad de las palabras trascendentales y su actitud tiene la gracia conmovedora de esas abuelas de cuento infantil con el consejo a flor de labio. Van por la vida atentos y cuidadosos de sus gustos, con paso digno y profundo como sentencia filosófica, indiferentes ante la irreverente sonrisa de los no iniciados en ese culto de la seriedad, tan verdaderamente serio, y del que, a pesar de todos los esfuerzos de sus fieles, huyen las generaciones nuevas, inconvenientes e irrespetuosas.
Los hombres serios forman legión. Obtener el respeto de sus semejantes es su máxima ambición. Para lograr esto todos los medios son buenos: desde componer un soneto hasta usar una levita cruzada o figurar en las listas de todos los acontecimientos sociales. El cultivo constante de la vanidad es la regla fundamental del hombre serio; llega a la perfección cuando ha logrado tomarse en serio a sí mismo. Es el doctorado. Pocos son los que alcanzan tal altura. En el fondo, la mayoría no puede desterrar de su corazón la incredulidad, y esa falta de fe los pierde; jamás llegan a alcanzar la verdadera seriedad.
Pero los hay convencidos y fuertes en su fe, y ante ellos el respeto obliga a la sonrisa a huir avergonzada. Esos pertenecen a un orden superior. Sus pensamientos son tan profundos que un observador mediocre jamás llega a descubrir su fondo.
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