La Mentalidad Nazi en los Estados Unidos

Por Jacob G. Hornberger

Antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1944, Friedrich A. Hayek, quien luego ganara el premio Nobel de Economía, conmocionó al mundo occidental con un libro titulado Camino de Servidumbre. Hayek argumentaba que a pesar de haber sido enfrentados y combatidos en la guerra, la filosofía económica de los nazis y los comunistas se estaba transformando en la luz que guiaba a los políticos norteamericanos e ingleses. En un prefacio posterior, Hayek escribió: Antes de que la guerra se desencadenara sentí que ese global desconocimiento de la política de nuestros enemigos, y pronto de nuestro nuevo aliado, Rusia, constituía un serio peligro que debía ser comprendido mediante un esfuerzo sistemático. Así también, era ya bastante obvio que Inglaterra misma estaba dispuesta a probar el mismo tipo de políticas de las cuales yo estaba convencido que habían contribuído a destruir el orden liberal en todo el mundo...

Las opiniones se mueven con rapidez en Estados Unidos, y hoy todavía es difícil recordar como un tiempo muy corto antes de que Camino de servidumbre apareciera, el más extremo modo de economía planificada había sido defendido, apoyado y listo para imitar por hombres que pronto jugarían un rol importantísimo en los asuntos públicos ... Basta mencionar que en 1934 el nuevamente establecido Nuevo Centro de Planificación le dedicó especial atención a las economías centralizadas de estos cuatro países: Alemania, Italia, Rusia y Japón. Al acercarse el cincuentenario del fin de la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses deben hacerse problemáticas preguntas a sí mismos: ¿Se hicieron realidad finalmente las tan temidas preocupaciones de Hayek? ¿Han los norteamericanos recorrido el camino de servidumbre durante estos cincuenta años? O, para decirlo de otro modo, ¿perdieron los nazis en el campo de batalla pero ganaron la guerra en el corazón y las mentes de los norteamericanos? Consideremos por un momento el sistema económico nazi. ¿Quién puede argumentar que el pueblo norteamericano no cree y convalida la mayor parte de su doctrina? Por ejemplo, ¿cuántos americanos en la actualidad inequívocamente apoyarían la siguiente postulación de principios del Partido Nacional Socialista Alemán (Nazi), adoptada el 24 de Febrero de 1920: "Nosotros pedimos que el gobierno provea a los ciudadanos por sobre todas las cosas de igualdad de posibilidades en lo laboral y en los medios para ganarse la vida". "La actividades individuales no deben superponerse a los intereses de la comunidad, sino llevarse a cabo dentro de ella y para el bien de ella. Por lo tanto, exigimos ... acabar con el poder de los intereses financieros" "Exigimos ganancias compartidas en los grandes negocios". "Exigimos ampliar la seguridad social de la tercera edad" "Exigimos ... la más amplia consideración posible a las pequeñas empresas en los contratos nacionales, estatales y municipales". "En relación a hacer posible para cada capacitado e industrioso ciudadano el alcanzar el más alto nivel de educación y, en consecuencia, el logro del liderazgo, el gobierno debe proveer una gran extensión de todo nuestro sistema de educación pública ... Exigimos que el gobierno se haga cargo de la educación de los niños superdotados de familias pobres". "El gobierno se encargará de mejorar la salud pública protegiendo tanto a la madre como al hijo, prohibiendo el trabajo infantil ... posibilitando el mayor apoyo a todos los clubs encargados de la educación psíquica de nuestra juventud". "Combatiremos el espíritu materialista dentro y fuera de nosotros, y estamos convencidos que la permanente recuperación de nuestra gente sólo procederá bajo la insignia El Bien Común antes que el Bien Individual."

Repito: ¿Cuántos estadounidenses en la actualidad no suscribirían inequívocamente la mayoría, sino todos, de estos principios económicos y políticos nazis? Y si queda alguna duda sobre la victoria de la filosofía nazi en nuestras mentes y corazones, veamos la siguiente descripción del sistema económico nazi realizada por Leonard Peikoff en su libro The Ominuos Parallels: "Contrarios al marxismo, los nazis no postulan el poder estatal de los medios de producción. Ellos exigen que el gobierno supervise y controle la economía nacional. El tema de la propiedad legal es secundario, dice el nazismo; el punto del control es aquí fundamental. Los individuos, por lo tanto, continúan siendo propietarios, siempre y cuando el Estado se reserve el absoluto derecho de regular la propiedad".

¿Qué es lo que los norteamericanos objetan a los principios del nazismo económico? ¿Acaso no está la mayoría de ellos a favor de una economía planificada, regulada y controlada? ¿No apoyan todos los controles de todo tipo y el derecho del gobierno a establecer dichos controles que caracterizaron a la sociedad nazi: controles de precios y salarios, altos impuestos, sociedades empresariales mixtas, licencias, permisos y una miríada de otras regulaciones? La verdad es que el llamado de Hayek fue ignorado. Habiendo los nazis perdido la guerra, los norteamericanos se convirtieron en ardientes defensores de las políticas económicas del nacionalsocialismo. ¿Por qué? Parte de la respuesta está en otra característica esencial de la vida social de los nazis que fue la educación pública. "Oh, no! usted ha llegado muy lejos esta vez," exclama el norteamericano medio. "La educación pública es una institución americana típica, como la libre empresa y el apple pie". ¿En serio? Como lo documenta tan bien en su libro Separating School & State, Sheldon Richman prueba que los americanos del siglo veinte adoptaron la idea de la educación estatal a fines del siglo diecinueve de - ya lo habrán adivinado - ... !Prusia!. Y como lo puntualiza Richman, la educación pública ha triunfado tanto en Estados Unidos como en Alemania. ¿Por qué? Porque tuvo éxito en su objetivo de producir una nación de "excelentes ciudadanos de poca importancia", gente que paga sus impuestos a tiempo, siguen las reglas, obedecen las órdenes y condenan y encarcelan al que no lo hace, y se ven así mismos como parte esencial del engranaje de la nación. Estas son las palabras de Richard Ebeling, en su introducción a Separating School & State: "En manos del Estado la educación pública compulsiva se transforma en una herramienta de control y manipulación; en el principal instrumento de dominación del pensamiento de una sociedad. Y, precisamente porque cada niño pasa por el mismo proceso de adoctrinación, aprendiendo siempre la misma "historia oficial", las misma "virtudes cívicas", las mismas lecciones de obediencia y lealtad al Estado, se hace extremadamente difícil para el alma independiente liberarse a sí misma del chaleco de fuerza ideológico y de los valores que la jerarquía política de turno desea inculcar a la población bajo su juridicción. Para los comunistas, fue la lucha de clases y la obediencia al Partido y al camarada Stalin; para el fascismo fue la adoración al Estado Nación y la obediencia al Duce; para los nazis, fue la pureza de la raza y la obediencia al Führer. El contenido ha variado pero la forma se ha mantenido intacta. A través de la institución de la educación pública obligatoria el niño es moldeado como cera dentro del modelo deseado por el Estado y su elite educativa. No debemos creer que porque nuestras sociedades son más libres y democráticas el mismo proceso de adoctrinación no haya ocurrido aquí en Estados Unidos. Cada generación de estudiantes ha sido marcada a fuego por la ideología políticamente correcta tan preocupada en mirar al pasado del país y la santidad del rol del Estado en la sociedad. Casi todos los chicos del sistema educativo estatal aprenden que los "barones capitalistas" del siglo diecienueve explotaban a los obreros; que un capitalismo sin regulaciones necesitó ser encauzado por un gobierno iluminado dando nacimiento a la era del Progreso en el final del siglo pasado; que la especulación salvaje de Wall Street fue la causa primaria de la Gran Depresión; que sólo el New Deal de Franklin D. Roosevelt salvó a Estados Unidos de la catástrofe; y que la intervención norteamericana en guerras foráneas fue necesaria e inevitable, al igual que el requerimiento de que sea el gobierno de nuestro país el líder planetario y el eventual policía del mundo".

Esto nos vuelve al corazón del problema, la esencia de la mentalidad nazi: que los intereses individuales deben estar subordinados a los intereses de la nación. Este es el principio que controla las mentes americanas como lo hizo con las del pueblo alemán sesenta años atrás. Cada persona es vista como una abeja en la colmena; su rol más importante en la vida será servir a la colmena y a su abeja reina y ser sacrificada cuando ésta lo considere necesario. Esta es la razón por la cual los americanos de nuestro tiempo, al revés de nuestros ancestros, se muestran a favor de cosas tales como el impuesto a las ganancias, la seguridad social, el sistema estatal médico y el control de las drogas; creen, como los alemanes en los años ´30, que sus cuerpos, sus vidas, sus ingresos y pertenencias a fin de cuentas están subordinados a los intereses de la nación.

Tal como se lee en las siguientes palabras de Adolf Hitler, usted pregúntese qué político, burócrata, maestro o ciudadano americano estaría en desacuerdo con los principios a los cuales Hitler suscribía: "Es por lo tanto necesario que el individuo deba llegar a darse cuenta que su propio ego no tiene importancia en comparción con la existencia de la nación; que entienda que su posición en la sociedad como individuo está condicionada a los interes últimos de la nación como un todo; que el orgullo y la arrogancia, el sentimiento del individuo ... de ser superior, sólo por el mero hecho de ser ridículo, envuelve grandes peligros para la existencia de la comunidad entendida como una nación; que por sobre todas las cosas la unidad y voluntad del espíritu nacional están muy por encima de la libertad del espíritu y voluntad individual; y que los intereses supremos en la vida del todo social deben marcar los límites y establecer los deberes del interés individual".

Aunque el americano promedio sea entusiasta de la filosofía económica nazi, negará tener creencias etiquetadas de nazi. ¿Por qué? Porque, argumenta, los nazis, al contrario del gobierno americano, asesinaron a seis millones de personas en campos de concentración, y este genocidio, más que las premisas económicas, capturan el verdadero ser del nazismo. Lo que el americano no alcanza a ver (o se niega) es que los campos de concentración fueron la extensión lógica de la mentalidad nazi. No importa si murieron seis millones de personas o seiscientas, o seis o incluso una. El mal, la terrible y oscura maldad, es la creencia de que un gobierno debería tener el poder de sacrificar hasta un ser humano por el bien nacional. Una vez que este principio es concedido al poder político, gente inocente, comenzando por un grupo pequeño e inevitablemente terminando en miles de ellos, serán asesinados porque el "bien de la nación" siempre termina requeriéndolo.

Los asesinatos políticos de gente inocente es algo que jamás sucedería en Estados Unidos, nos dicen nuestros compatriotas. Estados Unidos es una democracia. Pero también lo fue la Alemania nazi. Hitler fue electo por el voto popular, y sus políticas fueron ampliamente favorecidas y aclamadas (por alemanes y norteamericanos). Sin embargo, hay otro problema básico con esa afirmación: ya está sucediendo aquí en los Estados Unidos. Y al igual que los alemanes del ´30, los americanos rechazan tanto a ver lo que está pasando como a racionalizarlo para no tener que enfrentarlo. Si bien es cierto que no matan por millones ciertamente sí lo hicieron hasta ahora por miles.

Tomemos algún ejemplo. La secta de los Davidianos en Waco, Texas: los tanques y gases del ejército americano fueron usados para combatir a un grupo de personas pacíficas, religiosas y bien armadas. Más de ochenta americanos, incluídos niños, fueron gaseados y quemados. ¿Hubo acaso algún remordimiento, lamento, alguna comisión gubernamental independiente que haya actuado frente a la masacre? Ni ahí. Los oficiales del gobierno, como sus colegas nazis, pensaban que hacían "lo correcto" al matar a nuestros ciudadanos. Y para aquellos que recurren a la justicia en busca de protección, mejor que vayan a otro lado: el juez federal que presidió el juicio de los sobrevivientes de Waco declaró que no permitiría que el gobierno sea "puesto en el banquillo de los acusados", despachando cuarenta y cinco años de cárcel a los davidianos que quedaron vivos.

O tomemos el caso de Randy Weaver, su esposa y su hijo en Idaho. Primero, fueron enjuiciados por una idiota infracción a la ley de armas. (Weaver vendió un arma que resultó ser un cuarto de pulgada más corta que la que establece la ley.) Entonces, le enviaron a Weaver la notificación del juicio con la fecha equivocada. Cuando no se presentó a declarar, le fueron a rodear la casa y atacaron. Un francotirador dio en el blanco de la cabeza de la esposa quien tenía en brazos a su bebé. También mataron al hijo por la espalda. Luego, inventaron evidencia y cometieron perjurio. Afortunadamente, Weaver fue absuelto. Sin embargo, ¿se impusieron cargos criminales contra los agentes federales por el asesinato de su esposa y su hijo? ¿Fueron citados a comparecer los agentes por su reprochable conducta? Bueno, ¿acaso fueron los SS juzgados alguna vez por el gobierno nazi? ¿Condenaron los jueces nazis alguna vez a los oficiales nazis por matar judíos? Oficiales federales también asesinaron a Donald Scott, un ranchero multimillonario en California. Según decían, necesitaban irrumpir en la casa en medio de la noche para buscar marihuana. Cuando Sccott obedeció la orden de arrojar al piso el arma que había tomado por miedo a los intrusos, le dispararon a muerte. Luego se supo que la idea era encontrar marihuana para poder así confiscar su tierra y convertirla en un parque nacional.

Pero los americanos miran para otro lado, como hicieron los alemanes, o lo explican diciendo: "La guerra contra las drogas debe ser ganada". Y no es sólo una cuestión de asesinatos. Al igual que los nazis, confiscan el dinero de la gente, sus tierras, yates, autos, todo a lo que puedan echarle mano. Cuando ya no les alcanza con lo recaudado en impuestos para sus ingresos, van a apropiarse del dinero y la propiedad directamente, sin considerar la culpabilidad o la inocencia de las víctimas. Y, por supuesto, todo esto se explica porque "la guerra de las drogas debe ser ganada".

Tampoco son sólo las confiscaciones. Es también el terror, el terror impuesto por los agentes del Internal Revenues Service (1) entrando intempestivamente dentro de los hogares de la gente, "visitándolos" en el trabajo, y levantando embargos preventivos en cuentas bancarias y bienes raíces sin aviso alguno, llevando a cabo auditorías u otros procesos similares. Sí, es verdad, no estamos lidiando con asesinatos y confiscaciones en masa y la imposición del terror a millones de personas. Sólo le está sucediendo a unos cuantos miles. ¿Qué sucedería en una crisis? Supongamos que un presidente norteamericano no se va a dejar amedrantar por el gobernante de Corea del Norte, Haití, Panama, Irak o Japón. ¿Qué pasaría si una guerra no durara sólo semanas sino meses, años, con más impuestos, más controles y ... reclutamiento? ¿Qué pasaría si los norteamericanos, quienes ya tienen impuestos por más del 50% de sus ingresos ahora encuentran que se los suben al 60% o 70% ? ¿Qué sucedería si habría una huelga masiva del pago de nuestros impuestos? ¿Qué pasaría si cientos de estudiantes se niegan a ser arrastrados por un presidente que no va a alistarse? ¿Se rendirá el gobierno mansamente? ¿Aceptará perder su fachada internacional? Ni ahí. La IRS, el Departamento de Justicia, el FBI, y el ejército se volcarán encima de los líderes de la revuelta impositiva y de sus seguidores tanto como sea posible. Además, harán todo lo necesario para que esos "bastardos cobardes" aprendan la lección. El pueblo americano aprenderá lo que los alemanes descubrieron más tarde: que el Estado omnipotente que ama a los pobres y a los más necesitados se quitará sus guantes de seda y aplastará con su puño de hierro a todos aquellos que pretendan interferir con "el bien de la nación".

Tomemos otros ejemplos de la mentalidad nazi en Estados Unidos, esta vez en el Departamento del Ejercito. El ejército sometió a soldados americanos a experimentos radiactivos. ¿Por qué? Porque el bien de la nación así lo requiere. El ejércitó sometió a ciudadanos americanos a experimentos con drogas. ¿Por qué? Porque el bien de la nación así lo requiere. El ejército sometió al pueblo americano a experimentos con enfermedades y se metió en joint ventures con los alemanes nazis al final de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué? Porque el bien de la nación así lo requiere.

En otras palabras, el gobierno norteamericano participó en el pasado de forma perversa de los modos de conducta nazi "por el bien de la nación". Puede apostar su vida de que lo haría nuevamente si el bien de la nación lo requeriría incluso con el derecho a violar cualquier restricción constitucional. No hay nada de inevitable en todo esto. A través del poder de la ideas podemos revertir la tendencia. Si las ideas no importaran los gobiernos no tratarían de suprimirlas. Las ideas sí importan, tienen de verdad consecuencias e influyen en la gente, en su actuar dentro del cambio o la retracción de una tendencia. Sin embargo, el derecho garantizado por la Primer Enmienda - el derecho de expresar y diseminar ideas - no es suficiente. La última salvaguarda para defendernos de la tiranía yace en el derecho a portar armas garantizado por la Segunda Enmienda. Si esta Enmienda es destruída o coartada severamente, el resto de la Constitución no tiene ningún valor, porque en una crisis donde la base del poder radica en la amenaza y el terror, y donde no hay medios de resistencia eficaces, los burócratas del gobierno acabarán con las cosas que consideren "tecnicismos": libertad de expresión, habeas corpus, juicio con jurado, y los otros derechos garantizados por la Constitución. Combinemos una crisis con el control de armas y el descotento ciudadano, y los campos de concentración para cientos de miles se harán una realidad posible. Pero cuando la ciudadanía, junto a varios patrióticos sheriffs, policías y miembros de las fuerzas armadas, tiene los medios para inflingir severas desgracias a sus potenciales opresores, los tiranos pensarán dos veces antes de expoliar a sus propios compatriotas. Esta es la singular razón por la cual cada intento de restringir o controlar o manipular la propiedad de las armas debe ser resistido. La última barrera contra la tiranía no reside ni en la urna, ni en la plataforma improvisada para el orador público ni en el tribunal del jurado. La última barrera contra la tiranía del propio gobierno reside en el cargador de las municiones. (2) Al revés de lo que nos dicen nuestros gobernantes y maestros de escuela, la mayor amenaza hacia nuestras vidas y nuestro bienestar no reside en la amenaza de un gobierno extranjero. La mayor amenaza para el pueblo americano es el propio gobierno de los Estados Unidos. Mientras el derecho a portar armas se mantiene como una barrera frente a una potencial conducta nazi, la solución a largo plazo consiste en desmantelar, no reformar, el puño de hierro del Estado de Bienestar y la economía planificada. Esto incluye el final (no la reforma) del IRS, la DEA, la BATF, la SEC, la FDA, la HUD, y los departamentos de la HHS, Trabajo, Agricultura y Energía, y todo otro ministerio que tome dinero de unos para dárselos a otros interfiriendo con la vida pacífica de la gente. Nos cabe repeler toda legislación que permita tal conducta, privatizando la mayoría de las oficinas burocráticas que trabajan para el gobierno de los Estados Unidos. Asímismo esto se vincula con el final de potenciales opresores quienes, en el pasado, no titubearon en participar en ilegales, perversas y maliciosas maniobras de tipo nazista contra los ciudadanos americanos tales como la CIA y el ejército permanente.

¿Significaría todo esto que el gobierno norteamericano estaría coartado a actuar como un Imperio Romano internacional? Eso es exactamente lo que significaría. ¿Qué sucedería ante una amenaza de invasión a nuestro país? Esas amenazas son virtualmente inexistentes. Porque si cada ciudadano queda libre de armarse hasta los dientes cualquier nación que quisiera invadirnos sabría que atacar a los Estados Unidos sería como tragarse un puerco espín. ¿Y que tal una rápida movilización? No hay razón para suponer que los ciudadanos-soldados no actuarían rápidamente frente a una emergencia. Supongamos, por ejemplo, que el ejército permanente es desmantelado. Los miembros de la división 82 de la fuerza aérea no desaparecerán de la nada. Serán privados, ciudadanos productivos pero listos en tiempos de peligro para acudir al llamado. Podrían serlo y probablemente estarían más dispuesto a serlo, en cualquier lugar del país las 24 horas del día. Más aún, habría un doble efecto positivo en términos de properidad económica. Nunca más los impuestos vaciarán los bolsillos de la gente para mantener a las fuerzas armadas y los miembros de las fuerzas, ahora privadas, serán económicamente productivos como miembros de la sociedad. En su libro Camino de Servidumbre, Friedrich Hayek alertó a los Estados Unidos en 1944 que a pesar de la guerra militar frente a los nazis, ellos estaban recorriendo el camino económico y filosófico que los nazis y comunistas habían iniciado. Nuestros abuelos y padres ignoraron el aviso de Hayek. Ahora estamos sufriendo las consecuencias: un gobierno de tamaño y poder omnipotentes, el cual usa su poder para matar inocentes, pacíficos ciudadanos y para confiscar millones de dólares en propiedades con el objeto único de alimentar su insaciable hambre de poder. Hoy, los números de las víctimas se cuenta de miles pero al final del camino yacen los campos de concentración para las multitudes.

¿Podemos ir contra la corriente? ¿Puede el Estado omnipotente ser desmantelado más que simplemente reformado? Sí. Nos llevará a retornar a los primeros principios, aquellos con los cuales está nación - y no Alemania - fue fundada: principios que sostienen que es lo individual, y no lo colectivo, lo que es supremo; que cada individuo ha sido dotado por el Creador de derechos inalienables; que entre esos derechos están la libertad, la vida y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar esos derechos los gobiernos se instituyen entre hombres que ven derivado su poder del consentimiento de los gobernados; que cuando sea cual sea el gobierno, incluído el americano, estas metas sean destruídas, es el derecho de la gente a alterarlo o abolirlo e instituir un nuevo gobierno; y que no hay individuo que su vida, libertad y propiedad pueda ser sacrificada en nombre del bien de la nación. Como lo señaló Ayn Rand treinta años atrás en su ensayo "The Fascist New Frontier": Si deseas oponerte (al estatismo), debemos cambiar sus premisas básicas. Deberás comenzar por darte cuenta que no hay tal cosa como "el interés público", excepto que se lo entienda como la suma de intereses individuales de los hombres. Y el básico, más común interés de todos los hombres -todos los hombres racionales- es la libertad. La libertad es el primer requerimiento del "interés público": no lo que hacen los hombres cuando son libres sino que sean libres. Todos sus logros descansan en ese principo fundamental y no pueden existir sin él. Los principios de una sociedad libre y no coercitiva son la única forma de "interés público". Esos principios existieron y existen. Trata de proyectar esa sociedad. En la atmósfera intelectual de nuestros días puede parecerte un viaje hacia lo desconocido. Pero, como Cristóbal Colón, lo que descubrirás será América."

Jacob G. Hornberger es fundador y presidente de The Future of Freedom Foundation. Este artículoo fue originalmente publicado en los números de Agosto y Septiembre de 1994 del Freedom Daily, editado por The Future of Freedom Foundation. Traducción de Luis Balcarce. 1- Lo que sería para nosotros la DGI. 2- El autor utiliza un juego de palabras entre "ballot box", "soapbox", "jury box" y "cartridge box". (Nota del T.).



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