Dos mil Puercos o Un Hombre
Por Alessandro Pronzato (Del libro "Evangelios molestos", cap.11)
"Y llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó Jesús de la barca, vino a su encuentro de entre los sepulcros un hombre con espíritu inmundo, que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado, ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver a Jesús de lejos, corrió y se postró ante él y gritó con gran voz: -¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. Es que él le había dicho: -Espíritu inmundo, sal de este hombre. Y le preguntó: -¿Cuál es tu nombre? Le contesta: -Mi nombre es legión, porque somos muchos. Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región. Había allí una gran piara de cerdos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: -Envíanos a los puercos para que entremos en ellos. Y él lo permitió: entonces los espíritus inmundos entraron en los puercos, y la piara, unos dos mil, se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo fueron contando por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente para ver lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado ahora sentado, vestido, en su sano juicio, y se llenan de temor. Los que habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle a Jesús que se alejara del lugar. Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía quedarse con él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: -Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti" (Marcos 5: 1-20)
Pongámonos en el lugar de los gerasenos. En la aldea ha sonado la alarma. Tiene que haber pasado algo gordo. Corren a la orilla del mar. Su mirada se ve atraída por dos espectáculos distintos que les desconciertan. Por un lado, un montón de puercos -¡sus puercos!- ahogados. Por otro, el endemoniado convertido en un hombre normal. Y en medio Jesús, que les obliga a una elección increíble: dos mil puercos o un hombre.
a) Una piara que se ha ido al diablo
Lo conocían bien. Era la vergüenza de la aldea. Loco furioso. Creían que ya habían hecho todo lo posible. Primero, por las buenas. Sin obtener ningún resultado apreciable. Luego, a la fuerza. Pero había roto las cadenas como si fuesen de cuerda.
Y entonces lo habían abandonado a su propio destino. Les preocupaban más sus puercos.
Nos resignamos fácilmente con las desgracias ajenas, en especial cuando se trata de salvaguardar nuestra propia tranquilidad. Había muchos motivos para condenar a un hombre a la soledad.
Afortunadamente, el "monstruo" no molestaba a nadie. Era raro. Tenía la pésima costumbre de andar desnudo por todas partes. Pero su itinerario se reducía a los sepulcros y cuevas de la montaña. Un "excluso" entre los muertos. A nadie le preocupaba. Los vivos podían dormir con la conciencia tranquila. Y de día, pensar en sus propios asuntos, los puercos.
El endemoniado tenía siempre piedras en las manos; había que andarse con cuidado. Pero al menos tenía el buen gusto de emplearlas sólo contra su propio cuerpo. Y era de esperar que algún día se golpeara un poco más fuerte de lo ordinario. Así los libraría finalmente de su presencia enojosa.
El endemoniado se había convertido ya solamente en un tema de conversaciones en el territorio de Gerasa. Nadie pensaba en salvarlo. Ni un intento, ni un afán común de recuperarlo.
Pero Jesús...
La noche anterior había tenido que luchar contra el mar tempestuoso. Había gritado al viento y amenazado a los elementos desencadenados. Y había domado la tempestad.
Y ahora se encontraba, cara a cara, con Satanás. Y había tomado inmediatamente la actitud del vencedor: "¡Sal, espíritu inmundo, de este hombre!"
Había restituido al ex-monstruo a los gerasenos. Estos le observaban espantados. Lo imposible se había hecho posible. El endemoniado era ya como uno de ellos. Sentado tranquilamente, sonriente. Hasta vestido.
Son éstos los milagros más grandes de Jesús. Devolvernos "normales" a los excluidos, a los condenados. A los publicanos, a la samaritana, a las pecadoras, a Zaqueo, a la adultera, a los ladrones.
Habíamos aceptado, como un hecho normal, su condenación y su pérdida. Pero Cristo nos los devuelve normales. Lo malo es que hay que pagar un precio por la liberación de un hombre.
Cristo les exige este precio a los gerasenos. Pretende una sustitución importante en sus corazones: el hombre en lugar de los puercos.
Y ellos no aceptan. Son hombres con sentido de los negocios. Los buenos sentimientos no dan de comer a nadie. Los puercos, sí.
Un hombre normal más y dos mil puercos menos. En sus libros de contabilidad, esta operación representa una locura.
¡Bonito negocio: un hombre en lugar de su piara!
Los puercos son su fortuna. Su vida. Su bienestar. Su seguridad.
Siempre hay una familia que mantener.
¡Fuera! ¡No se puede vivir con la cabeza en las nubes!
Un hombre no vale dos mil puercos.
Entonces se pusieron a suplicar a Jesús que se alejase de su territorio.
No lo echan violentamente. Tienen el dinero en el corazón, es verdad, pero conocen los buenos modales. No lo reprenden. Ni siquiera le echan en cara el montón de cerdos que se ha ido al diablo. Ni le piden que les compense el tremendo daño sufrido... Le piden simplemente que se vaya. No quieren correr más riesgos. Ya basta con dos mil puercos. Y sobra. Jesús tendrá que enterarse.
b) El hombre como riesgo del cristiano
¿Qué es el cristianismo para vosotros?
No sé qué responderá la mayoría de los cristianos ante semejante pregunta.
Probablemente muchos dirán: los mandamientos, la misa del domingo, los sacramentos.
Alguno irá más al fondo: cristianismo quiere decir aceptar a Dios en la propia vida. Más aún, basar en Dios toda nuestra existencia.
De este modo, creerán que han superado el examen.
Pero Dios no está tan seguro de que nosotros seamos capaces de soportarlo. Nos somete a una prueba preliminar. Nos pregunta ante todo si somos capaces de aceptar al hombre.
Sólo el que es capaz de soportar al hombre estará preparado para soportar a Dios. Sólo el que no sufra vértigos ante el hombre no sufrirá vértigos cuando sea elevado a las cimas divinas.
Sí: Al creyente el Señor le propone su palabra, su amor, su ley, su vida. Pero, por encima de todo, le propone al hombre.
Algunos cristianos siguen viviendo en su peligroso equívoco. Están convencidos de que se han lanzado a la conquista de Dios. Y no se dan cuenta de que se han salido del camino. Lo han equivocado todo, porque han equivocado el primer paso. Se han "saltado" al hombre.
Y cuando no se acepta la "propuesta-hombre", toda la vida religiosa se convierte en una trágica ilusión.
"El hombre como riesgo de Dios". El creador ha aceptado este riesgo. Ha aceptado el riesgo de la libertad humana, que se podría volver contra él.
Por eso "el hombre debe ser también el riesgo del cristiano". Nadie puede evitarlo, so pena de romper sus relaciones con Dios.
¿Qué peso tiene el hombre en la balanza de tu conciencia?
¿Qué vale para ti un hombre? Un hombre cualquiera: blanco, amarillo o negro; santo o sinvergüenza; amigo o adversario; lejano o bienhechor; el hombre en cuanto tal: independientemente de su cartera, de su doctorado, de su carnet de partido o de religión.
¿Estás dispuesto a hacer pasar al hombre antes que cualquier otra cosa? ¿Antes que la ley, la carrera, el reglamento, los cálculos políticos, el provecho, el equilibrio mundial, el rendimiento, la máquina, el dinero, los pretendidos "derechos de la verdad"?
Cristo nos impone a cada uno de nosotros, como a los gerasenos, la misma elección decisiva. En un platillo de la balanza, el hombre. En el otro, todo lo demás. La aceptación de la presencia de Cristo depende de las oscilaciones de la balanza.
c) Una aventura demasiado grande para mí
Si condeno a los gerasenos, me condeno a mí mismo. Porque también yo pertenezco a su raza. También yo tengo un patrimonio que defender. Una piara de cerdos que guardar.
Mi vida corre tranquila, sin sobresaltos. Un oficio, una familia que mantener, ocupaciones ordinarias. Trabajo, no hago mal a nadie, me respetan.
No tengo necesidad de que ese forastero venga a introducir en el sólido tejido de mi existencia un germen de inquietud.
Sé lo que cuesta hacerle caso. Hay que cambiarlo todo. Se trata de una "operación-limpieza" del corazón sumamente fastidiosa.
Su amor socava por dentro, araña, corta en la carne viva.
No. Es una aventura demasiado grande para mí.
Que no venga a sacarme de la cómoda covacha de mi mediocridad. Aquí estoy bien "alojado".
Sus propuestas no me interesan. Están fuera de mi alcance.
Mientras se trate de ir a misa, de dar una limosna, de observar con cierta regularidad los mandamientos, todo irá bien.
Pero cambiarlo todo, no. Hacer algunas sustituciones en el corazón, revisar toda la escala de valores: para ello no tengo fuerzas.
¿Seguirlo? ¡Ni hablar! ¿Ir detrás de él? ¡Quién sabe adónde es capaz de conducirme!
Prefiero mi honradez a la locura de su cruz.
Prefiero mi seguridad a su aventura.
Agarro bien fuerte, con todas mis uñas, mi felicidad de cuatro cuartos. Sus "sueños" no me hacen cosquillas.
No me va la parte del santo. Ya hay otras personas llamadas para eso. Yo no puedo concederme ese lujo. Tengo que caminar con los pies en la tierra. Nada de perderme en las nubes.
Por tanto, que me deje en paz. Que se vaya a otros con el cuento. Que se marche.
Tendría que hacerse cargo...
¡También yo tengo una piara de cerdos!
"Y al subir a la barca el que había estado endemoniado le pedía quedarse con él. Pero no se lo concedio, sino que le dijo: Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti. Él se fue y empezó a proclamar todo lo que el Señor había hecho con él, y todos quedaban maravillados"
Afortunadamente, se quedó él, contándolo todo. El hombre liberado no se va: se queda enmedio de nosotros.
El santo se queda con nosotros. Una espina clavada en lo más vivo de nuestro "bienestar". No se va. Está ahí para que vea la enormidad de mi negativa. Para hacerme comprender la necedad de mi "sabiduría". Para hacerme medir la distancia inmensa que me separa de él. Para indicarme que la balanza está desfasada.
Bajo el peso de la piara de cerdos.
viva la anarquía!
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