Un Burro en la Biblioteca
Por: Fregulno
¿Y sabes aquel otro que dice...?:
Había un pequeño pollino al que un día le hablaron del auto-conocimiento. Vió que era cosa importante esa. Se le ocurrió así aquella idea que le pareció muy original, brillante e inusitada:
- Leeré un libro- pensó -Sí, eso he de hacer sin duda- y se dijo - es más; ¡leeré un tractatus sobre acémilas! Cuan hermoso será leer algo sobre el abuelito Onagro; o sobre la tía Rucia que le ayude a uno, por ende a conocerse a sí mismo.
Púsose manos a la obra, mas la empresa no le resultó nada fácil -él ingenuo aquel confesaba- y cuando hubo culminado su arduo empeño, consideró de importancia muy cabal hacerselo saber a la especie.
- ¿Mas por dónde empiezo?- se preguntaba el inexperto borriquillo.
- ¡Ah, sí, iré directamente al mundo de la cultura! Iré a una biblioteca. Allí demostraré que no sólo yo, sino cualquier pequeño pollino también puede leer.
Así, de aquella tal guisa, con tan poco talento como rígidos arneses en su pequeño cerebro de adoquín, arremetía gustoso y pavoneante aquel ilustrado jumento cual fatua péndula, de un lado para otro, trazando eufóricos bandazos, más a diestro que a siniestro, ante los perplejos ojos de los desprevenidos lectores. Dado que había discurrido la conveniencia de, muy ampulosamente, hacerse denotar.
Los lectores de la biblioteca, interrumpidos, alzaron la vista, al ver al zafio, desinteresados, volviéronla a posar sobre las letras de su lectura.
Pero el cuadrúpedo, que además era medio sordo, comenzó a roznar.
-¡He leído un libro! ¡quiero que lo sepan todos! ¡he leido! ¡he leido! Son todos ustedes unos ignorantes acomplejados, unos borricos.
¡Vaya sorpresa la nuestra! ¡qué perplejos quedamos todos! Cuando aquel pequeño macaco esgrimiendo su pequeño tractatus sobre acémilas, comenzaba a arrear mandobles a diestro y siniestro al tiempo que vociferaba sus ingratos rebuznos creyendo que por aquella boca hablaba Séneca o Cicerón.
Se preguntarán ustedes como nos rescatamos de aquella pollineja. Pues fue relativamente fácil: le expresamos marcadamente lo importante que habían sido sus elocuentes palabras para nosotros los bípedos cerebrados, quienes muy poco merecíamos su ilustradísima perorata; eso remarcamos en verdad, y lo muy relevante, también, que para el náufrago mundo de las letras resultaría la inestimable aportación y difusión de aquellas tan brillantes ideas suyas del autoconocimiento burril.
Con todo lo cual, aquel jaez bravero, cuyo único punto común que con los allí presentes compartía, era haber nacido mamífero (elemento ese que le había sido dado de balde gracias al abuelito Onagro, como ya he dicho), sintiéndose devotamente encomendado, decidió dedicar su vida de asno a la conversión de bibliotecarios.
Marchóse el zote aquel embravecido bajo la grupa de su inspirada encomienda, cabeza enhiesta, agresiva y aviesa mirada de jaca andaluza cual si de aguerrido toro de Miura se tratara. Nos, resistiendo la nuestra risa, al otro lado de aquel grotesco burladero, dejámosle muy de buen grado marchar.
Y de cierto que marchóse el rucho, tras la huella de iletradas bibliotecas; y nunca más se le volvió a divisar.
Nos, como no, proseguimos apaciblemente nuestra humana y racional lectura.
Volver
|