En Defensa de la Teología


La filosofía busca al gato negro en el cuarto oscuro cuando en realidad no hay allí ningún gato. Pero la teología encuentra al gato de cualquier manera...
---E. L. Miller, God and Reason.

Si nos contrataran para investigar al Abominable Hombre de las Nieves, primero procuraríamos dar con él. Asegurarnos de su existencia. Y sólo después que lo tuviéramos en observación -libre, encadenado, o disecado- nos pondríamos a averiguar sus características biológicas, su estructura genética, su historia evolutiva y todo eso que -en términos medievales- se llama su naturaleza o esencia. Puede pasar, sin embargo, que fracasemos una y otra vez en la búsqueda y no podamos estar seguros de que el Hombre de las Nieves realmente existe. En tal caso, o nos olvidamos del asunto, o decidimos que no podremos dar con él a menos que antes conjeturemos un poco sobre su naturaleza, sus instintos y hábitos, y sobre dónde podremos cazarlo. Asi que tomamos nuevos bríos y nos ponemos a especular y reflexionar a priori sobre el Hombre de las Nieves... hasta que entendemos que no vale la pena meterse en eso si antes no estamos seguros de su existencia, si antes no lo tenemos en nuestras manos. Así que, con mentalidad científica y práctica, declaramos que el Abominable Hombre de las Nieves no existe, que probablemente es un mito... y nos olvidamos del asunto.

Algo parecido ocurre en teología. Como nadie puede ver a Dios ni identificar sus huellas con certeza, y como además no se dejaría capturar (o no por segunda vez), no parece quedar otro remedio que especular sobre su esencia, sin tenerlo a la mano, y luego, con un poco de suerte, probar que existe. Eso es exactamente lo que han intentado los teólogos desde siempre. Lo cierto es que han fracasado; no han demostrado la existencia de Dios ni han descubierto qué es, o cómo sería si existiera -y todo lo que han podido ofrecer son algunas pocas conjeturas fantasiosas sobre la naturaleza divina y unas cuantas 'vías' o 'pruebas de existencia' plagadas de falacias, prejuicios y sensiblería. En condiciones ideales, los teólogos ya habrían olvidado este asunto: habrían declarado que Dios es un mito y habrían cambiado de profesión. Sólo que esto no pueden hacerlo. Los teólogos viven en este mundo, y este mundo no está en condiciones ideales. Hay demasiado dolor en él. Es preciso encontrarle, inventarle una Verdad, sea ésta un dios, o muchos, o ninguno. Hay que hacer teología: no importa que sea (como creía Hume) una labor apriorística y digna de ser echada al fuego, o (como le parecía a Russell) una tarea absurda y hasta cómica. No importa que la teología conduzca a misterios y sin sentidos, a dogmas e hipótesis inverificables: hay que buscar esa Verdad para el mundo, hay que conjeturarla, adivinarla, intuirla, imaginarla, hay que sacársela de la manga si es preciso. Con un poco de suerte, el mundo y la realidad tendrán el sentido que suponemos que tienen. Pero si no, al menos parecerá que lo tienen.



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