La Propiedad es Sagrada (Reflexiones en torno a mis zapatos)
Cuando conocí la doctrina del jurisconsulto Toullier, comencé a mirar mis zapatos de un modo especial. De acuerdo a Toullier, la propiedad no es una convención social, no es un invento de los hombres, no es una ficción jurídica. No, nada de eso. La propiedad es real, un atributo sustancial y ontológico de las cosas, un nexo metafísico -invisible, pero cierto- que une al objeto, el bien, con el sujeto, el propietario. No es que mis zapatos sean míos porque yo tenga una factura de ellos o porque la humanidad esté dispuesta a conceder que son míos, sino que son míos porque realmente son míos, es decir, porque tienen, junto a sus cualidades visibles, la cualidad inviosible de ser míos. --¿Cómo, pues, no mirarlos de un modo especial ahora que sé que son realmente míos? ¿Cómo no sentir hacia mis zapatos el más tierno y profundo amor, ahora que soy, de verdad, su propietario, ahora que son inherentes a mí, parte sustancial de mí, como mis entrañas, ahora que son una extensión de mi ser, ahora que son... ¡yo mismo!?
Una inquietud me asaltó esa misma noche, cuando tuve que quitarme mis zapatos para dormir. ¿Cómo un atributo puede separarse de la sustancia? ¿Cómo un grosero hecho físico puede destruir un vínculo metafísico? ¿Cómo lo temporal y accidental puede acabar con lo eterno y esencial? De ninguna manera, me dije. Al igual que la Divinidad ocupa espiritualmente todos y cada uno de los lugares de su santuario, así también yo, el propietario de los zapatos, sigo poseyéndolos y ocupándolos espiritualmente, aun cuando éstos, físicamente, estén lejos de mí. Sí, yo estoy allí todo el tiempo, inmaterial, metafísicamente; y mis zapatos son tabú, poseídos sobrenaturalmente por mí, impregnados de mi mana personal. ¡Nadie, pues, ose profanar lo que es sagrado, lo que es mío!
Arrullado por estos dulces pensamientos, pude dormir un buen rato. Súbitamente, empero, una nueva duda me puso los nervios de punta. ¡Recórcholis! Pero entonces... ¿cómo puede ser que estos zapatos llegaron a ser míos, si antes fueron propiedad de otro, el zapatero? ¿Qué secretos eventos tuvieron lugar en el seno íntimo de su zapateidad? ¿Qué tuvo que pasar para que esto fuera posible, para que la propiedad se transmitiese de una sustancia a otra? Acudí, de inmediato, a los tratados de Jurisprudencia. Allí pude iniciarme en los misterios de la ocupación y la prescripción, de la accesión y la anticresis; allí penetré en la naturaleza mística de la compraventa, la permuta y la donación, de la sucesión, el usufructuo y el comodato; allí, en fin, pude poseer el saber oculto y esotérico, y pude comprender la transferencia de la propiedad, la transformación sobrenatural de lo tuyo en mío.
Eché una última mirada a mis zapatos, que permanecían junto a mi cama, muy cerca de mí, en su situs ontológico, aguardándome fielmente, amorosamente, a mí, su complemento sustancial.
Y dormí en paz, con la plena certeza de que mis zapatos son míos. ----------------------------
Al otro día, por la mañana, pude escuchar a un mercader que sermoneaba a un pobre hombre que le había hurtado una manzana. Quien había perpretado el robo, la horrenda profanación metafísica, se excusaba diciendo:
--Fue por hambre.
--Pero es mía, no tuya --decía, muy irritado, el mercader--. Si me la hubieses pedido, te la habría regalado.
Como se ve, muy a pesar de nuestros hermosos sentimientos cristianos, todos somos, en el fondo, toulleristas.
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