Cristianizando la prostitución

I

Ante todo, seamos realistas: la prostitución es inerradicable. Mientras haya demanda habrá oferta; y ni el sida ni todos los papas, inquisidores, ayatollahs y alcaldes panistas juntos van a pararla.

Esto es un hecho. Y lo mejor es reconocerlo como tal. Pero no sólo hay que ser realistas: también idealistas. Y hagamos de este mundo el mejor de los mundos factibles.

Propongo a los mexicas: no combatir más la prostitución, no reprimirla ni perseguirla, no confinarla en zonas hedentinas, no deshonrar ni denigrar más este oficio, sino, todo lo contrario, transformarlo en una profesión digna, decente y socialmente benéfica.

Propongo -como una vía realista e idealista a la vez, como una vía práctica pero también profundamente cristiana- que los actuales prostíbulos se conviertan en algo que podría llamarse "Centros para el Desahogo Pacífico y Ordenado de los Apetitos Carnales". Dichos Centros, que estarían por todo el país y abiertos las veinticuatro horas todo el año (excepto, naturalmente, diciembre 12 y agosto 15, obligatoriamente días de guardar, días de reflexión y recato, no de descaro y menos de despapaye; dichos Centros, digo) serían dirigidos y administrados por la Iglesia, y su función sería la de permitir el libre ejercicio de la lujuria y los placeres deshonestos, a través de la venta de todo tipo de bienes y servicios sexuales. Habría allí prostitutas y prostitutos de planta, aunque sería muy recomendable que no fuesen asalariados, sino agentes libres trabajando por honorarios. Con ello no solamente aumentaría la calidad de los servicios, sino que, además, se evitaría que los marxistas acusen a la Iglesia de clavarse la plusvalía. Así también, siendo agentes libres, pagarían a la Iglesia una comisión por el uso de la infraestructura, así como un impuesto especial para la asistencia pública. De esa manera la Iglesia no pasaría como fomentadora de la prostitución, sino como simple comisionista, con lo que se taparía la boca a los protestantes, impidiéndoles que dijesen que la Iglesia pasó de Gran Ramera de Babilonia a Suprema Alcahueta Nacional.

Por otra parte, allí, en dichos Centros de Desahogo, el cliente daría rienda suelta a sus impulsos y apetitos desordenados, aunque lo haría de una manera ordenada y pacífica, contando además con la bendición de la Iglesia, y pagando primas que, naturalmente, serían siempre justas y razonables, según manda la Doctrina Social Cristiana. Tendría además la posibilidad de llevar a su propia pareja, si bien tendría que pagar prima doble. Con ello se atendería de una vez ese otro asunto, el de la fornicación, que también es un problema gravísimo. Además, y pensando en aprovechar al máximo la infraestructura, la Iglesia organizaría allí mismo seminarios, cursillos, retiros espirituales y encuentros con Cristo, o también -¿por qué no?- encuentros de papás y mamás del Movimiento Familiar Cristiano o entre Legionarios de Cristo. Huelga decir que todas las ganacias que por estos conceptos obtuviese la Iglesia, se destinarían a obras de caridad y al perfeccionamiento moral de la Nación. Con todo ello la prostitución y la fornicación cumplirían una importantísima función social, y merecerían, sin duda alguna, una nueva encíclica papal.

Dada la gravedad de la materia, la gerencia de estos Centros... o la regencia (para usar un lenguaje más apropiado al ramo que nos ocupa) quedaría en manos del obispo de cada lugar. Él mismo seleccionaría al personal, y luego de profundas y minuciosas auscultaciones espirituales, informaría a la clientela sobre sus características y cualidades. Para ello sería muy útil contar con un álbum a la entrada del Centro y/o con información a través de teléfonos celulares. Así también, la regencia permitiría la venta y consumo de bebidas alcohólicas en el interior del Centro, aunque, desde luego, cuidaría que esto no rebasase jamás los límites del decoro y la moderación, si bien dichos límites podrían ampliarse gradualmente, dependiendo de las necesidades financieras del Centro. La regencia toleraría asimismo el libre uso de píldoras y condones, y no objetaría este punto, sino que, muy prudentemente, pospondría la discusión hasta la segunda venida de Cristo o hasta la Victoria Final del Fundamentalismo (lo que ocurra primero). Y permitiría a la clientela todo tipo de extravagancias, heterodoxias y actos contra natura, fundamentándose en el sano y juicioso principio "Es pecado, pero así lo pide el mercado". No obstante, y como contrapeso, a la salida del Centro habría siempre, las veinticuatro horas, un confesionario en funciones.

II

La prostitución ya no en manos de lenones y promotores del vicio, sino en manos de la Iglesia. ¿No es ésta la solución perfecta, el remedio ideal a un problema real?

VIVA CRISTO REY
(y el libre mercado)



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