La Propiedad es una cosa muy, pero muy vieja (o La Fuerza hace el Derecho, pero el Oro hace la Fuerza)
Al parecer, la historia fue así: Alguna vez la tierra fue res nullius -cosa de nadie. Hasta que llegaron los hombres. Hace muchos siglos, a través de la fuerza o la simple ocupación de los espacios deshabitados, algunos hombres se apoderaron de grandes fracciones de terreno, las delimitaron, las cercaron, pusieron guardias y perros a la entrada, y aplastaron, exterminaron o echaron en corrida a todos aquellos que, desde esa fecha y por tal motivo, pasaron a la categoría de "débiles e inferiores". O, en un acto de inusitada bondad, los pusieron a trabajar para ellos, sólo que, como el negocio apenas empezaba, sin goce de sueldo. Años más tarde, nadie supo cómo ni dónde ni cuándo, tuvo lugar la Asamblea Mundial de Terratenientes. Allí se juntaron los grandes Señores (así se les llamaba por entonces, no porque fueran muy respetables y decentes, sino porque cumplían cabalmente con las tres F: eran feos, fuertes y no muy formales que digamos, pero sí muy feroces). Allí los Señores se pusieron de acuerdo, se repartieron el pastel e hicieron un pacto de caballeros en los siguientes términos jurídicos:
--De aquí pa'cá mío, de aquí pa'llá tuyo; no te metas y no me meto.
Sólo que después, como el pacto no tenía legitimidad moral, como se sabía que las posesiones de los Señores provenían de la fuerza, el pillaje y la conquista, y como, para acabarla de joder, ni siquiera hubo convocatoria para la dichosa Asamblea, los Señores tuvieron que pagar un ejército de filósofos para que hicieran el trabajo. Éstos se reunieron, discutieron largo y tendido, y buscaron un nombre lindo para el pacto de los Señores. Lo llamaron el Contrato Social, pues con ello no solamente adquiría un cierto glamour democrático, sino que además sería ocasión de sesudos tratados de jurisprudencia. Sin embargo, aún faltaba lo principal: ¿cómo legitimar las posesiones de los Señores?, ¿cómo hacernos creer a todos que eran buenas, justas, queridas por Dios y socialmente benéficas? Tal cuestión dio lugar a profundas meditaciones y doctas disquisiciones entre los filósofos. Alguno dijo que la tierra en manos de los Señores era cosa del Hado. Otro más, que no era del Hado, sino de Wotan, de la Voluntad de Poder y de tener muchos huevos para quedarse con todo. Sin faltar el que afirmaba que ello era lo más adecuado al momento histórico. Hasta que, finalmente, el más brillante entre los filósofos dirimió este asunto diciendo que era muy correcto y muy justo que los Señores se posesionaran de la tierra, y apelando a un Principio Eterno del Derecho Natural, aquél que a la letra dice:
--Lo caido, caido,
con lo que sabiamente se dio término a esta delicadísima cuestión.
Y fue así que, desde entonces, la simple posesión de la tierra transmutóse en Propiedad, el mero hecho de tener y ocupar convirtióse en Derecho, y aquello-que-era pasó a ser, filosófica, es decir, sobrenaturalmente, Lo-que-debía-ser.
Pero vino la Democracia. Un día los débiles e inferiores se unieron, y ya en bola se hicieron fuertes y constituyeron el Pueblo Soberano. Unos pocos pudieron ir a la escuela y graduarse en Ciencia Económica, convirtiéndose la mitad en burócratas, la otra mitad en tecnócratas, y todos juntos se pusieron a mandar y dirigir al Pueblo Soberano. Todo cambió para bien: comenzó una nueva era de prosperidad y bienestar. Los antiguos Señores fueron sucumbiendo, uno tras otro, a manos de la Revolución, la Libertad, el Comercio y el Empuje de la Clase Media. Los desposeídos pudieron al fin liberarse y convertirse en proletarios, pasando de la más infamante esclavitud política y miseria económica a la más moderna esclavitud económica y miseria política. La propiedad de la tierra dejó de ser fruto de la conquista y el pillaje, para ser, en esta era de prosperidad y bienestar, Fruto del Trabajo y el Ahorro. Sólo el Derecho Natural permaneció eterno, aunque ahora, en lugar de servir a los feos, a los fuertes y a los feroces, sólo sirve a los Nuevos Señores, los barones del comercio y la usura, mucho más guapos, mucho más educados... y mucho más feroces.
Y fue así como, desde entonces, lo-que-debía-ser comenzó, económica, es decir, naturalmente, a Ser.
viva la anarquía!
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