En Defensa de la Piratería


Está muy bien, y supongo es muy justo, que se pague a los autores y creadores su trabajo. Hay que pagar al escritor, al compositor, al inventor, al pintor, al modisto, al creador de programas de computación; sí, hay que pagarles. Pero sólo una vez.

Yo, por ejemplo, vendo carne, y quiero que me paguen cada kilo de carne que entrego. Sin embargo, no pretendo que deban pagarme dos o más veces por ese kilo que ya me fue pagado. Así también, al médico que me cura debo pagarle. Pero si luego, tiempo después, enfermo de nuevo, y para curarme utilizo aquella receta del médico, sólo que esta vez sin consultarlo, no tengo por qué volver a pagarle. El médico trabajó una vez, y su trabajo le fue pagado; no veo por qué deba pagarle nuevamente por ese solo y único trabajo. Si el carnicero o el médico quisiéramos cobrar dos veces por un solo bien o servicio, exigiríamos algo a cambio de nada. Es decir, violaríamos toda justicia conmutativa. Y eso es robar.

Alguien escribe un libro muy sabio, compone una canción maravillosa o inventa un abrelatas prodigioso. Qué bueno, qué bonito y qué útil; hay que pagarle. Todos aquellos que compren su producto están haciendo exactamente eso: están pagando al autor su trabajo, están premiando su capacidad creadora. Pero si luego yo, por mi cuenta e iniciativa propias, decido sacar copias del libro o del disco, o se me ocurre fabricar un montón de abrelatas iguales a aquél, ¿por qué se enoja el autor? No tiene ninguna razón, a no ser los celos, la soberbia o la codicia. El autor trabajó una vez (es cierto, con empeño y dedicación, pero, de todas maneras, sólo una vez); y además su trabajo ya le fue pagado, o le está siendo pagado en la medida en que su producto se vende en las tiendas. ¿Por qué entonces supone el autor que yo, el que hace las copias, debo recompensarlo? Si yo compré su producto, o algún amigo me lo prestó, eso quiere decir que hemos pagado ya su trabajo al autor. De tal modo que no hay razón para que se enoje si yo decido hacer copias. Pretender el autor que debo pagarle una vez más por las copias, o pretender que debo pagarle eternamente por cada nueva copia en el futuro, es pretender que yo debo pagarle dos, tres, cuatro, infinitas veces por un solo y único trabajo. Es decir, el autor pretende estafarme.

La propiedad es el robo, dijo Proudhon, y esto incluye a la propiedad intelectual y derechos de autor. Las ideas no son de nadie; provienen del Empíreo y el Viento las trae y se las lleva. ¿Cómo, pues, un hombre, ángel caído en el fango, podría ser su propietario? Que las ideas encarnen por vez primera en el cerebro de A o B, o que A y B las incorporen en libros, discos o abrelatas, es irrelevante, simple accidente del Devenir Universal. Hay que pagarle al autor su esfuerzo y su tiempo, su trabajo de pensar, escribir, ensayar, grabar, fabricar y todo lo demás. Pero se le paga su esfuerzo, que (no lo negaré ahora) sí le pertenece. Mas no las ideas. Porque éstas, como el aire y la luz, no son de nadie. No hay razón, pues, para pagarle más de una vez por el esfuerzo que realizó sólo una vez, ni razón para pagarle lo que no es suyo. Si el autor pretende más que esto, si pretende cobrarme a mí -el copista- un trabajo que ya le fue pagado, o si quiere cobrarme ideas que no le pertenecen, lo que hace es venderme lo que ya fue vendido, o venderme lo que no es suyo. En ambos casos es fraude.

Por otro lado, si yo, el copista, decido deshacerme de mis copias, ¿qué hay de malo en que les ponga precio? Así como es justo que se pague al autor su esfuerzo creativo, es igualmente justo que se me pague a mí mi esfuerzo, no mi esfuerzo creativo, pero sí mi esfuerzo re-creativo y trajinante. Si yo, el pirata, me conformo con menos dinero, eso es cosa mía y nadie tiene por qué enojarse (si esto desalienta a alguien, no será al verdadero creador, que, con todo, nunca dejará de crear, sino al editor, al distribuidor y a todo el séquito parasitario que medra con el trabajo del creador). Y si yo, el pirata, elijo imprimir o grabar en mis copias el nombre, la firma o la marca del autor original, no es porque sea obligación moral. Es pura gentileza de mi parte. Y un poco de mercadotecnia.

Recuerdo que hace tiempo escuchábamos por TV un mensaje muy insistente. Era la voz de Te..., el monstruoso consorcio que maneja las comunicaciones en México y conduce la conciencia nacional, y era una voz grave y como de reproche que nos decía: "La piratería destruye nuestra economía". Aunque muchos creyeron que Te... se refería a la economía nacional (y por esa razón experimentaban remordimientos y se sentían como traidores a la patria cada vez que compraban a los piratas), a mí siempre me quedó muy claro que se refería a su economía (en particular, a la merma en sus ganancias a consecuencia del pirataje en videofilmes). Ahora bien, yo no veo por qué deba importarme la economía de Te..., tomando en cuenta, sobre todo, que a Te... jamás le importó la mía. Por eso, yo, como consumidor, estoy encantado de que el pirata destruya la economía y los derechos del autor si con ello protege mi economía y mis derechos de consumidor. No veo que el pirata sea un ladrón, sino más bien un benefactor de la humanidad, uno que arriesga su dinero y su libertad para divulgar la cultura, el arte y la tecnología a precios módicos.

Pero si acaso fuera un ladrón... para él, mil años de perdón.

(Y, a propósito, cualquiera puede firmar, plagiar, usurpar, raptar, "fusilar", fotocopiar, reproducir o vender este escrito. Que si me enojo yo, no es porque esté equivocado: es porque, al fin simple mortal, soy incongruente).

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Viva la anarquía



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