Las montañas se van... pero regresan
¡Hey, pueblo! ¿Con que estáis muy orgullosos de vuestra fe?
-La fe mueve montañas- os he oído decir muy ufanos.
¡Y en verdad que sí! Hoy hace tres meses yo mismo vi cómo un enfermo de cáncer, ya desahuciado por la ciencia, se curaba completamente de su mal, luego de que sus hermanos en la fe oraron por él y luego de que él confesó con su boca que Jesús es su salvador.
¡Yo lo vi, con estos ojos míos! Y vi también cómo su aspecto físico mejoró notablemente en los días subsiguientes. Yo lo vi, con mis propios ojos. Y vi cómo el amarillo cadavérico de su piel se transmutaba, con el paso de los días, en un hermoso rosado. ¡Yo mismo lo vi, nadie me lo ha contado!
Por ello os comprendo, ¡eh, pueblo!, por ello entiendo que améis vuestra fe y os sintáis orgullosos de ella.
Aunque... os diré algo. También yo estoy orgulloso. No de mi fe, que no la tengo, sino de mi incredulidad.
¡También la incredulidad mueve montañas! (Y, por si queréis saberlo, las conduce de nuevo al lugar de donde salieron, al lugar que les corresponde en conformidad a las leyes de la geología científica).
Y tan puede moverlas, que el día de ayer tuvimos que lamentar la irreparable pérdida de nuestro hermano, aquel pobre desahuciado del que no hace mucho os hablé (¿os acordáis aún, eh pueblo?). Finalmente, el mal estaba demasiado avanzado...
Requiescat in pace.
Y sea la anarquía
Volver
|