Refutación del libre albedrío
I
La doctrina del libre albedrío ha causado, a través de la historia, gran mal en la humanidad. Porque si alguien cree que la voluntad de los hombres es realmente libre (esto es, si cree que no somos marionetas de los dioses, de las estrellas o de vastas fuerzas cósmicas, ni siquiera de otros "condicionamientos" más terrenales), en tal caso también creerá que cada uno es responsable de sus actos. Y entonces no resistirá la tentación de dividir a los hombres en: buenos y malos, inocentes y culpables, santos y pecadores, decentes y pervertidos, estudiosos y burros, trabajadores y holgazanes, patriotas y traidores, obedientes y rebeldes, honrados y ladrones, ricos que merecen ser ricos por su dedicación y empeño y pobres que merecen ser pobres por borrachos e indolentes... y así ad infinitum.
Y el problema, a través de la historia, no ha sido tanto el que los hombres nos dividamos en buenos y malos, sino más bien que los buenos queremos mandar, obligar, salvar, educar, redimir, castigar o exterminar a los malos. Pero éstos han sido tan malos, pero tan malos, que jamás han querido dejarse.
Es decir, el problema no ha sido el maniqueísmo, sino los maniqueos.
II
Pero todo es falso. La doctrina del libre albedrío -fundamento de los maniqueísmos, desde el fariseísmo y el catolicismo ortodoxo hasta el protestantismo o el neoliberalismo- es falsa.
Puro espejismo.
Teorema: La voluntad no es libre.
Prueba: Si el determinismo es verdadero, la voluntad no es libre. Si es falso (i.e., si el indeterminismo es verdadero), tampoco es libre. Pero el determinismo o es verdadero o es falso; no hay tercera posibilidad (no existe la "autodeterminación de la voluntad"). Luego, la voluntad no es libre. Q.E.D.
Glosa: La voluntad no es causa primera, sino efecto. O es efecto de causas ajenas a sí misma (vgr., las estrellas, el código genético, el medio ambiente, la cultura), o es efecto del caos y la incertidumbre universales (vgr., de los saltos cuánticos de las subpartículas fundamentales del cerebro). La voluntad no agrega nada propio: todo en ella es extraño, todo en ella, incluso "sus" pensamientos, razones, principios, metas e ideales, proviene de fuera, de la fatalidad o del caos, del determinismo o del indeterminismo. Ella misma no decide: no es causa primera, sino efecto. Por tanto, no es libre. (Creer que la voluntad se "autodetermina" es como creer que hay un pozo que nos da agua "de sí mismo", esto es, no de las corrientes o mantos del subsuelo. Sencillamente, un absurdo).
Corolario: No hay méritos ni culpas aquí, ni habrá premios ni castigos en el Más Allá.
III
¿En qué se fundamenta la creencia en el libre albedrío? Ciertamente, no en las disquisiciones profundas de algún iniciado en metafísica, psicología o fisiología cerebral, sino en algo mucho más mundano y al alcance de cualquiera: en una sensación, en esa sensación íntima de que "yo puedo hacer lo que se me antoje", o la sensación de que, bajo circunstancias idénticas, puedo elegir A, a veces B, o ni A ni B. Y además (según nos dicen los Iniciados) tal sensación es en realidad la conciencia, o el vislumbre, de un misterio inefable e inescrutable: el misterio del Yo, o de la voluntad como Causa Primera.
Pero todo es un espejismo. La libertad de la voluntad es inconcebible. No hay ningún intersticio lógico entre el determinismo y el indeterminismo, ningún agujero metafísico donde la voluntad pueda refugiarse, o pueda transmutarse de efecto en causa primera, y pueda escapar de esa manera a los designios del Hado o los caprichos del Caos.
El libre albedrío es impensable; luego, no existe.
Y esto no va a cambiar porque palpiten nuestras neurofibrillas. Ni porque algún Iniciado diga que ello es clara señal de algo gordo que nos ha obsequiado el Cielo.
Viva la anarquía, el amor en el lugar del juicio.
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