LA FE CONTRA LA INCREDULIDAD

Dice Karl Barth que "la fe no puede persuadir a la incredulidad, sólo puede predicarle". Lo que no dice Barth es que mediante la prédica, a través de la insistencia tenaz y la repetición goebbelsiana, es exactamente como la fe logra persuadir. Para empezar a creer -decía Pascal, Pensamientos, II- no se necesitan argumentos lógicos. Sólo se requiere comenzar a conducirse como si ya se creyera, acudir con frecuencia al templo, cantar, rezar y hacer lo que los demás: la creencia llegará sola, poco después, por añadidura.

I Mi incredulidad es puesta a prueba

Hace tiempo vino a mi casa una pareja de protestantes. Su intención era convencernos a mi mujer y a mí de que adoptásemos su fe. Eran simpáticos y corteses, parecían creyentes sinceros y bien informados. Nunca supe a qué secta pertenecían; ellos decían ser nada más que "cristianos". Utilizaban expresiones como "Cristo te ama" o "ser hermanos en Cristo"; al parecer creían literalmente en la realidad del Infierno; y su principal argumento era la mejoría espiritual y material que experimentaría todo aquél que ingresara en la secta.

Al comienzo fue sólo plática y discusión teológica. Aquí yo me sentía a mis anchas, dado que creía tener en mis manos a dos pichoncitos a los cuales iba a destrozar fácilmente con mi frío racionalismo y mi punzante escepticismo aprendido de Hume. Por aquel entonces yo creía ciegamente en el principio "Nadie debe creer cosas ciegamente". Así que yo mismo inicié las hostilidades con este cañonazo racionalista:

--Díganme de qué evidencias disponen ustedes para afirmar que su religión cristiana es verdadera.

De inmediato fui ametrallado con infinidad de pasajes bíblicos y profecías cumplidas. Yo contesté que no creía que la Biblia fuera la palabra de Dios, y que además las profecías me parecían demasiado vagas e imprecisas como para tomarlas por "cumplidas" o como verificaciones empíricas de teoría alguna; y que, por consiguiente, las evidencias me parecían pobres e insuficientes. Los protestantes dijeron que yo no debía juzgar su fe por adelantado, y que más bien debía "sembrar en mí la semilla de la fe" y esperar un poco hasta cosechar los frutos. Sólo cuando ya conociera los frutos podría juzgar la semilla que planté. Después de todo, me decían, así lo hacen los agricultores. Yo argüí que eso no lo hacen los buenos agricultores. Éstos no siembran a lo loco; antes examinan la semilla, averiguan si es buena o vana o si está libre de hongos, y se informan sobre su rendimiento probable. Eso, por supuesto, no evitará que el agricultor corra riesgos; pero sí los disminuirá considerablemente. Mi punto era, pues, que antes de plantar la semilla de la fe hay que echarle mucho razonamiento; y sólo cuando la fría razón ha dado el visto bueno, la semilla de la fe se planta y se la fertiliza con el calor de la devoción. Intellectum quaerens fides, para que me entiendan mejor. Los protestantes replicaron que con esa mentalidad mía, tan temerosa de correr riesgos, me perdería de cosas muy buenas y además iría a parar en el Infierno (bueno, por cortesía esto último no me lo dijeron así tan descaradamente, pero ya estaba implícito). Contra todo esto, y ya pensando en darles el tiro de gracia, alegué dos cosas: una, que no creía que Dios fuera a castigarme por el simple hecho de tener algunas dudas intelectuales; y la otra, que, aun suponiendo que fuera forzoso correr riesgos, no veía porqué correrlos por la religión cristiana y no por otra cualquiera.

A estas alturas yo ya me consideraba vencedor absoluto y sólo esperaba la rendición incondicional de los protestantes. Pero no se rindieron. En lugar de eso me echaron la bomba atómica:

--Bien, ¿pasamos por usted hoy a las nueve de la noche para llevarlo a nuestra Congregación?

Como soy uno de esos traumados que dicen "Sí" cuando quisieran decir "No", muy a mi pesar tuve que abandonar mis trincheras escépticas esa noche a las nueve, para ir a cantar, por hora y media, aleluyas al Señor. No consiguieron lavarme el cerebro, pero sí me hicieron sentir como un tonto, y de paso me pusieron en ridículo ante mis amigos taxistas del Bar Plaza, ubicado (antes de su llorada clausura) a cinco metros de la dichosa Congregación.

II Mi incredulidad se tambalea

Si no puedes vencer al enemigo, únete a él, y si no, sácale la vuelta. Eso último fue lo que hice, y con el paso de los días logré (no sin apuros) deshacerme de los protestantes. Éstos, los muy sinvergüenzas, mantuvieron su fe, a pesar de mis tremendos argumentos humeanos. Ya sé que Hume pudo sacar a Kant -¡a Kant!- de su sueño dogmático, mientras que yo no pude ni con un par de beatos fundamentalistas. Pero bueno... ¿qué le vamos a hacer?... Hume es Hume (o era), y yo nada más soy yo. Lo peor de todo: fueron ellos los que me sacaron a mí de mi escepticismo dogmático. Un día aciago se apoderó de mí una convicción terrible:

--¡Santo Dios, pudiera ser verdad lo que dicen esos protestantes!

Lleno de espanto (bueno, jeje, no sé ustedes, pero yo sí me tomo en serio estas cosas), ese día recordé las palabras del cardenal Ratzinger: "El que no cree puede sentirse muy seguro en su incredulidad, pero siempre le atormenta la sospecha de que quizá sea verdad" (Introducción al cristianismo, 1). No se puede probar nada; no, claro que no se puede. Pero... ¡quizá es verdad! Puta madre, ¡quizá Jesús es realmente el Mesías! ¡Dios encarnado para acabarla de joder!... No, no, por supuesto que no. ¿Qué dios va a venir a recibir una paliza y luego a ser crucificado? Ridículo. Absurdo. Pero... ¿y si fuera verdad? Ay de mí. Yo, el gran incrédulo, el gran racionalista, hecho un mar de dudas: toda mi amada lógica destrozada por una cancioncita, una palabrita que ya me retumbaba en las orejas:

--Quizá... quizá... quizá...

¡Horror! Mi incredulidad a toda prueba fulminada por un par de mochos...

Hundido en la desesperación recordé mis tiempos de positivista lógico. De inmediato hurgué en el libro de Alfred Adler, Lenguaje, verdad y lógica, y encontré, en el capítulo 6, lo que ansiosamente buscaba: Los enunciados teológicos, del tipo de "Jesús es Dios", carecen de contenido empírico; no tienen sentido factual, descriptivo o cognitivo; son pura ideología, meras prescripciones o interjecciones disfrazadas de enunciados indicativos; ergo, ni son ni pueden ser verdaderos o falsos.

--¡Ora sí! Con esto me cojo a esos pendejos...

El gusto me duró menos de 30 segundos. Oh-oh, ¿conque el enunciado "Jesús es Dios" no tiene ningún sentido factual? Huy, pues quizá lo tiene, y los neopositivistas no lo vemos; quizá hay una manera de verificarlo y no lo sabemos; o aunque no la haya, quizá el verificacionismo es un error. Ergo, el enunciado puede ser verdad.

¡Puta madre! Otra vez el maldito quizá. Con qué facilidad le destruyen a uno sus ilusiones.

III Mi incredulidad se fortalece

Para mi fortuna encontré pronto una salida honorable. Muy bien: quizá Jesús es Dios. Pero -también- quizá no lo sea. Quizá haya un auténtico misterio de la Expiación y otro de la Redención. Pero -también- quizá sea pura estupidez creer que Dios iba a redimirnos sólo después que diéramos una paliza a Su Hijo. Quizá, como dice Ratzinger (ibidem, 8, IV), la postura de Jesús en la cruz, con los brazos extendidos, como orando, revela su entrega total a los hombres, un gesto de plena e indivisa hermandad con ellos. Pero -también- quizá tiene los brazos extendidos sólo porque a los romanos les pareció más gracioso colgarlo así. Lo único claro es esto: la razón ha llegado a su límite y no puede ya resolver la cuestión. Bueno, como sugirió William James en La voluntad de creer, que entonces decida no la razón, sino la pasión. A fin de cuentas, es ella la que manda.

He aquí, pues, mi decisión pasional: no me da la gana creer que Jesús es Dios. No quiero, y eso es todo. No quiero juntarme con fundamentalistas; no quiero que me peguen su fama de santurrones y estúpidos, y además intolerantes, retrógradas y proyanquis. Mi actitud es irracional, sí, puro orgullo y soberbia. Pero el creyente y el mocho son iguales. Tampoco ellos dan su brazo a torcer. Y entonces... que se queden con sus aleluyas y su Jesús sectario y amante del Orden Establecido. Si a Jesucristos vamos, mucho mejor el de León Felipe, que no quiere paz, sino justicia, aunque sea a través del llanto, la sangre y el fuego (Versos y oraciones de caminante, X).

Y fue así como terminó mi pequeña batalla contra la fe. Mi racionalismo salió malherido y muy raspado, pero mi incredulidad se fortaleció. Dejé el agnosticismo para volverme ateo. No ateo dogmático (con tantos quizá, ¡ni pensarlo!); pero sí ateo militante y voluntarista, bakuniniano y nietzschiano. ¡Dios ha muerto!...pero si no, habrá que romperle su puta madre (al fin que, según Bonhoeffer, eso es exactamente lo que Él quiere y espera de nosotros).

(Ah, pero que conste: no soy malo, soy de los buenos...)

Viva la anarquía y los güevos rancheros.



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