Idealismo para Empresarios

Ser es ser percibido, dijo el obispo Berkeley hace como 300 años.

Eso quiere decir, señor empresario, que todas esas cosas que usted ve, oye, huele y toca -sí, por ejemplo, ese estupendo sillón ejecutivo que recién acaba de comprarse; o esa encantadora, nalguda y perfumada asistente que deambula por allí como un ángel, atendiendo con diligencia a sus apreciables clientes; o la fotografía de su señor padre, respetabilísimo fundador de CHUCHERIASA, que, como es bien sabido, comenzó desde abajo, pepenando chucherías, cambiándolas por centavitos, mismos que utilizó para repepenar mejores chucherías, que cambió luego por más centavitos, hasta que logró hacerse de una chucherizadora usada, con lo que se evitó pepenar chucherías y pudo fabricarlas él mismo, con su propia marca, lo que significó ya no centavitos, sino pesos, mejor dicho, dólares, cientos de dólares, miles de dólares, millones de dólares, de donde resultó CHUCHERIASA, una empresa modelo, con decenas de chucherizadoras ultramodernas a cargo de expertos ingenieros chucheriólogos, cientos de obreros chucherizadores contentísimos de tener un empleo (qué pena que sólo sea para producir chucherías), y decenas de miles de chucherías debidamente inventariadas, empaquetadas, acomodadas y etiquetadas en las bodegas y almacenes de CHUCHERIASA, la Compañía que hace realidad tus sueños más caros; todas esas cosas, le digo- existen, señor empresario, pero existen porque usted las ve, las oye, las huele y las toca.

(Era cierto, señor empresario, usted es de veras importante y necesario).

Ah, pero eso no quiere decir que las cosas se evaporen y desaparezcan cuando usted no está allí para percibirlas, ni quiere decir que los obreros y las chucherías embodegadas se desvanezcan en la nada cuando usted se retira. No, claro que no. Tal y como siempre se lo han asegurado su Gerente de Producción y su Contador General, todo sigue allí, y sigue funcionando, cuando usted no está presente. Porque, señor empresario, Dios existe. Y Él (¿quién más si no Él?, ¿el diablo?) se encarga de seguir percibiéndolo todo -viéndolo todo, oyéndolo todo, oliéndolo, tocándolo, husmeándolo todo- mientras usted descansa tranquilamente en su hogar, junto a su distinguida esposa, y cerca de ese par de traviesos güeritos que son su felicidad, y que, Dios mediante, algún día estarán al frente de CHUCHERIASA, la Compañía que hace realidad nuestros sueños más caros.

Sí, señor empresario, las cosas no se van ni desaparecen, sino que allí se quedan. Son sustanciales. Permanentes. Persistentes. Lo que, claro está, no significa que sean materiales, ni tampoco significa que tengan razón todos esos dogmáticos marxistas-leninistas. No. Su sustancialidad consiste en ser emanaciones o proyecciones ectoplásmicas de la Mente Divina. Todas esas cosas que usted percibe, el sillón ejecutivo, la asistente, la fotografía de su señor padre, los obreros, las chucherías de sus bodegas..., en fin, todo ello, si bien posee una sustancialidad pneumática, es lo suficientemente sólido como para tener masa, volumen y peso.

¡Ah, claro, y también precio, naturalmente!

Sí, señor empresario, así es. Y afortunadamente así es. Váyase tranquilo a casa. Aun por la noche, las chucherizadoras seguirán funcionando, los obreros seguirán moviéndose contentísimos de tener empleo, las bodegas seguirán repletas y CHUCHERIASA seguirá haciendo realidad nuestros sueños más caros. Recuérdelo: ¡Dios trabaja para usted! Y por la mañana, cuando usted llegue a sus oficinas y se arrellane en ese primoroso sillón ejecutivo... desde luego, no para holgazanear, sino para pensar, revisar y dirigir activamente los destinos de CHUCHERIASA, podrá descubrir cómo los activos se han incrementado por la noche, y cómo (si se da una vuelta por las bodegas) los inventarios ontológicos corresponden fielmente a sus contrapartes contables. Es entonces cuando usted, señor empresario, dará gracias al Señor, que, si no fuera por Él... puta, usted tendría que hacer el trabajo.



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