Introducción a la humildad auténtica
Lo primero para ser auténticamente humilde es ser tan listo, guapo y simpático como yo. Ello es absolutamente necesario; de faltar cualquiera de las tres condiciones, podrá haber humildad, pero nunca será humildad AUTÉNTICA, y sólo será, como lo sabe cualquier psicólogo de segunda, un mecanismo de defensa, algo con lo que el sujeto intenta -vanamente- que pasen desapercibidas su imbecilidad o su fealdad o su temperamento aborrecible.
Lo siguiente es no creer en la existencia del libre albedrío. Mientras subsista en el alma la más mínima creencia en él, la más mínima presunción o sospecha de que sí existe, el sujeto no podrá evitar algunos sentimientillos de orgullo porque tal o cual día hizo tal o cual cosa, o igualmente desagradables sensacioncillas de culpa porque, aunque tal o cual día hizo tal o cual cosa, nunca hizo tal o cual otra. Y habiendo orgullo, así sea muy leve, la soberbia está en germen y la humildad no será auténtica; y habiendo remordimientos, tampoco habrá humildad auténtica, sino expiación de pecados.
Y lo último, y no menos importante, es JAMÁS DAR LAS GRACIAS A NADIE NI RECIBIRLAS DE NADIE. Recibirlas de alguien equivale, obviamente, a decirle "Es cierto, me las merezco". Pero darlas no es más humilde que eso. Porque equivale a decirle "Es cierto, las mereces, pero yo ya me humillé, ya te mostré agradecimiento, ya reconocí que algo te debía, ya te pagué, ya te di las gracias, ya nada te debo, ahora soy igual a ti y ya merezco tanto como tú". No confundir la humildad auténtica con el saldado de deudas mercantiles. Para ser auténticamente humildes es preciso hacer lo que yo: mantener bien cerrado el hocico o, si ello parece descortés, decir cualquier pendejada.
Quede esto como mi pequeña contribución del día a perfeccionamiento moral de la humanidad.
viva la anarquía!
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