Anarcocapitalismo, o la Solución Final
No todo el anarquismo es de izquierda. También lo hay de derecha. Los anarcocapitalistas de hoy, todos ellos individualistas, amantes de la libre empresa y la economía de mercado, nada quieren saber de Bakunin o Kropotkin, de Makhno, Durruti o Flores Magón, de Emma o Malatesta, del anarquismo "romántico" (así le llaman despectivamente). Estos "libertarios" (así quieren llamarse) son todos radicales de la propiedad privada, y el pilar fundamental de su fe es aquel dicho de Paul Elmer: "Para el hombre civilizado, el derecho a la propiedad es más importante que el derecho a la vida". Algunos "libertarios" famosos: Murray Rothbard, R.A. Childs, Irving Kristol, Robert Nozick. La mamá filosófica de los pollitos es Ayn Rand; el papá económico, Von Mises; algún tío metafísico, Herbert Spencer; un primo poético, Thoreau; y el abuelo de todos, y el más radical, Max Stirner.
La doctrina del anarcocapitalismo: Todo hombre tiene derecho natural a la vida. Mejor dicho, a ganarse la vida. Luego, cada uno tiene derecho a apropiarse de los frutos de su trabajo. Como dice Ayn Rand en Capitalism: The Unknown Ideal (New American Library, NY, 1967, p.14): "toda riqueza es producida por alguien y pertenece a alguien". Cada uno es, por derecho natural, dueño de lo suyo, y no tiene por qué dar, repartir o compartir. Por duro y malo que parezca, el capitalismo es perfectamente moral; es, dice otra vez miss Rand, "el único sistema congruente con la naturaleza humana" (ibidem, p.20). Ahora bien, siendo el Estado la institución que, vía amenazas y castigos (léase: impuestos), quita al hombre su riqueza, o parte de ella, para darla a otros que ni la merecen ni la han ganado, "el Estado es el robo" (Rothbard). Luego, debe ser abolido. Absolutamente todo -desde la policía a los servicios médicos, desde caminos y carreteras hasta el mar o la atmósfera-, todo debe ser privatizado. No hay ninguna función del Estado que no pueda, en principio, ser la función (y el negocio, of course) de alguna compañía privada.
En suma, laissez faire, laissez passer, ¡todo el poder para la empresa privada!
Muy bien, pero... ¿y qué hay de los pobres? ¿Qué hay de los desempleados, los huérfanos, los enfermos, los ancianos y todos aquellos que no pueden trabajar, que no podrían pagar a las incontables compañías de la sociedad libertaria, superprivatizada, y que hoy dependen de la caridad o del gasto social del Estado?
Bueno, los "libertarios" tienen la solución, Ellos saben cómo hacerlo.
Para comenzar, el capitalismo de la sociedad libertaria, libre ya de regulaciones estatales, reduciría a niveles ínfimos la cantidad de pobres. Además, dada la prosperidad y el bienestar en dicha sociedad, los sentimientos de generosidad y solidaridad brotarían espontáneamente, por dondequiera, como la yerba en el campo. La caridad florecería, en medio de los cardos y las espinas del capitalismo salvaje. Nadie exclamaría, como sucede hoy, "de los pobres, ¡que se ocupe el gobierno!"
Genial, pero... ¿y si el bienestar y la prosperidad tardaran más de la cuenta? ¿Si los sentimientos de generosidad no brotaran jamás o se apagaran muy pronto en la sociedad libertaria...?
Bueno, Ellos aún saben cómo hacerlo, sólo que procuran no decirlo tan clara y abiertamente. Si pasare todo eso, si los pobretes quedasen desamparados, si no hubiera más un Estado paternal que les dé abrigo, entonces...
Que sea lo que tiene que ser, según la ley natural. Laissez mourir, laissez pourrir...
Y con ello la sociedad libertaria resolverá en quince días el problema de la miseria. La solución final llegará sola, inexorablemente, sin ghettos, sin hornos. No quedará nada que turbe la dicha y el bienestar del individuo, nadie que proteste, nadie que delinca contra la propiedad, nadie que sea un pretexto para el resurgimiento del Estado.
Pero, bueno... si quedare por allí algún remordimiento, algún nebuloso recuerdillo de algo inconfesable, habrá que releer Capitalism: The Unknown Ideal y recordar otra frase memorable de Ayn Rand: "No existe el 'deber social'; tu propia vida es tu única responsabilidad" (ibidem, p.25).
Y santo remedio.
¡AY, Bakunin se revuelca en su tumba!
viva la anarquía!
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