«Si el progreso no existiera habría que inventarlo» (1a. Jornada)
por Fregulno
Soy nómada. Mi progresión (o progreso) es semejante al desarme: discreto y circunspecto.
Entre tanto me dejo llevar por la voz de los lugares. Y cuando camino hablo a los emplazamientos. En los bosques pido propiciación y beneplácito al Señor Del Lugar. Esto ya es conoció desde antaño.
Sé que todo respira y está vívidamente atento. Yo también estoy atento. Y así es como ambos, el bosque y yo, descubrimos nuestra común identidad liberadora. El agua brilla desde mí como lo hace el milano cuando otea los emplazamientos; sin mí el cofre del pirata sólo tiene tesoros de hojalata entre una alameda que ni huele ni restaña su hojarasca seca.
A veces escucho algún rumor urbano que despierta mi atención suscitando mi interés. Salgo de las rutas o bajo de la montaña; luego me inserto entre alguna trama circunstancial como si fuera tan cierta y mía como aquellos componentes humanos que tan a menudo las pretendemos estatuir.
Desde siempre soy nómada. En virtud de mi desmesurada capacidad para el pensamiento podría ser cualquier cosa de esas que llaman profesionalidad. No es el caso. Sólo los terrenos intermedios pueden ser habitados por lo todavía intermedio. Soy extremista; aún más, confiero la extremidad. Constituyo otra forma de entender la raza. Otra raza, diría.
A veces me establezco en una población durante un par de años o tres a lo sumo. Abro relaciones, hago amigos; pero entre tanto sigo intercalando viajes y movimiento. No soy didacta de profesión, de hecho no tengo profesión, como ya dije no asumo ese parámetro tan general, pero la gente suele buscarme para aprender, circunstancia que, si puedo, eludo. Conozco los resortes de la trama y me resulta fácil en extremo discernir la urdimbre. Cuando de nuevo me extravío por ahí nunca vuelvo hacia atrás (por si al final fuera cierto y me convirtiera en estatua de sal); el pasado nostálgico para mí no existe. El vínculo afectado tampoco.
Tengo numerosos enemigos; algunos, buenos enemigos; al igual que facilidad suma para discernir lo ficticio y artero. Siempre los he tenido.Reflexionando sobre lo previo es sencillo deducir por qué. Así que de entre lo exterior es de ellos de quienes más aprendo. De manera que desde siempre, por dentro al igual que por afuera, la muerte siempre me acompaña. Su luminosidad no me asusta; pues aquí lo oscuro suelo ser yo. Es ella, en todo caso, quien debiera temer su extinción; imaginemos por un momento que el ojo humano desmintiera el transcurso.
Pero hoy, entre disquisiciones, buscando entre la profusión de mi arcón el área proximal del concepto (progreso), se me ha hecho tarde.
Hoy al igual que siempre a la misma hora, es tarde. Tarde para nada, como siempre.
Pero la impresión, la nostalgia y huella interna de este "ser tarde" nos resulta tan convincente, cuando menos, como la suscitante y seductora resonancia, grata para casi todos, crispadora para otros pocos, del término "progreso".
Marcel Proust, de hecho, intentó reconvertir el sabor de lo uno por el de lo otro; al igual que Milton haría con su puritano paraíso mezquino.
Creemos vivir en el tiempo, pero nosotros constituimos el tiempo a través de los muy dispersos y arbitrarios significados que instauramos en el tiempo que creemos vivir.
Luego conferimos sentido direccional. Como en la "catalepsis" epicúrea reconocemos y asumimos la sustitación motivacional.
Desde mis bosques todo esto resulta fácil.
Y mientras tanto nosotros siempre esperando un algo condicionante que nos abra al fin las puertas a ese otro algo relevante; significador.
Y si tú y yo no esperáramos nada para algún otro algo prometedor y donante de significación, entonces devendría el tedio y absurdo eternos; y eso es fatalidad, el infierno de "los del progreso". Pues creo que ni tú ni yo querremos aburrirnos eternamente. Así que por fuerza mañana tendrá que ser un no-hoy mejor. Reconozcamos que para la mayoría, tanteando entre las penumbras de la imperfección evaluada, o de la irreflexión y del sentido social, eso es "progreso". Un paliativo contra el tedio duradero. Al igual que "El Más Allá", un paliativo contra la no significación y relevancia del yo. Bueno, otros eligen otorgar sentido caractereológico a la venganza, cargando tintas aún más allá de las intensidades de lo verdaderamente sentido. Reivindicando por convicción... de lo que debe ser en oposición a lo que, entendemos, siempre nos han dicho que fuera... O simplemente por cojones. Y ya está; a callar.
Disculpen el lapso, la breve interrupción, al rememorar estos pormenores siempre adviene la leve náusea con arcada; leve, pero eso sí, profunda. Prosigo:
Al fin y al cabo se trata de estirar, tantas veces a cualquier precio, una contractura de identidad. Y si no ¿para qué quieres tú el progreso? me contestarás que para sentirte bien, sentirte mejor, tú y los tuyos, sentirte más tú ¿para ser feliz? ¿para darle un sentido constructivo a tú vida? ¿al planeta? ¿para superarte cada vez más? ¿para obtener confort? ¿sentirte más liberado? ¿quizás para la igualdad de los hombres? ¿para el Reino de Dios? ¿o para el Reino de Satán?... todo esto suscitaría nuevos porqués no explicados por ti mismo.
Pero ambos, tú y yo sabemos que si no nos adentramos en el progreso vivimos estáticamente entre nuestras nadas. Y los extremos de las nadas no nos salvan. Sólo preserva lo errático, trasunto entre ellas: El nómada; de cada ser.
El antiprogresista reprueba admonitoriamente las secuelas y rescoldos del progreso; probablemente él trama oscuramente su muy particular forma de progreso que, también muy probablemente, no sea de este mundo. Allí donde los últimos, al fin serán primeros: ¡Eso sí que es progreso, y no toda aquella degeneración tan terrenal!, mascullan ellos. También los hay muy moralistas ateos cargados de tradición y sociabilidad que abducen hacia el medio común y homogéneo, aquella regularidad salvífica de la sensatez incólume; ¡vaya religiosa meta-religión sin ídolo!
¿Te gusta su particular tonada de progreso? No te engañes, su partitura está al revés, pero su sentido, señalado hacia un arriba, es siempre un adelante, converso, mal invertido.
Perdón, perdón... de nuevo la náusea... En fin... ya está... No, no; no me agarren, déjenme, no me atosiguen con resoplidos, abanicos ni aires ajenos, déjenme. Ya está ¿lo ven? Ya está:
Y me sigue sorprendiendo desprevenido el frecuente uso del término "progreso" que leo tan a menudo, por ejemplo en esta página. Todos lo oímos con asiduidad.
-Progreso. Hace tiempo que, para mi salvaguarda, presiento la necesidad de esclarecer tu destino, descomponiendo y analizando con sumo cuidado la arquitectura de tu música. Ultimar, al menos para mi, de forma concluyente, lo que se esconde tras el son dulce de tu idílico coral o del afán sin duda voraz de tus arrecifes. Hasta ese momento me ato al mástil del "a ver qué pasa". Amnistía y suspense:
A juzgar por el conocido juicio, parece obvio que ya Prometeo tenía intereses progresistas olímpicos para la estirpe y proyectaba crear algún tipo de transacción entre las partes en pugna: Dioses y hombres. La disensión, a pesar de todo, perdura.
Epimeteo, su hermano, ama a Pandora, la esperanza frustrada, que regala prestamente su caja de sorpresas. Caja que siempre nos es recordada, que no explicada, por el anti-progresista, enemigo del pecado y el mal moral.
También es verdad que nadie, ni tan siquiera el sabio Príamo, su padre, creyó a Casandra... y esta tenía su mucha razón. Pues tan sólo Eneas, el otro hijo (de tantos, por cierto), sólo el muy sensato y cabal, erigiría más allá del desastre.
Mientras, fruncido el ceño, el penalizado Sísifo rasca abatido su casposa cabeza, muy muy escamada ya, a base de subir, bajar y exudar. También esa disensión cósmica perdura pues aún cargamos las recurridas rocas que tan a menudo levamos por pura necesidad de necesitar.
Ambos renuentes, Prometeo y Sísifo, portan carga, ya de lo colectivo humano, ya de lo individual, entre fuegos y piedras insostenibles.
Chamanes y agoreros, reyes sacerdotales obligados a prometer y proveer lluvias y cosechas, rústicos oteadores de los impactos y tanteos de los primeros tiempos. Sobresalir más allá de las primarias ansias de la inminencia. Pues un día quisimos enseñarnos a sobresalir de entre el inmediato recurso de la provisión natural, del mero merodeo; lo puramente instintivo.
Cantábamos y bailábamos entre la ingenua homeopatía y el totemismo de un pensamiento mágico comenzante, y programábamos con discurso y previsión.
Y dejamos la huella animista y rupestre (manos, bisontes, flechas y caza) imbuida por el acto pictórico-mágico. Remontamos el pensamiento perceptual y sensorial de la proximidad a lo concreto y nos fuimos tras las huellas de lo abstractivo. Dejamos de pintar bisontes y esculpir venus rechonchas y nos dedicamos a cosechar con sensatez gnómica y socrática. Ello nos obligó a concebir un interior concientivo paseado por el haz luminoso del pensamiento que lo aprendió a enfocar y perfilar (el -ego sum- plano y pazguato sería explicado "outdoors" ahora por su -cogito- avisado); luego lo llamamos y aprendimos a presentirlo como consecución del acontecer.
Y no habíamos salido hasta ahí de lo meramente actual, término éste con el que paradójicamente los medios informativos pretenden presentarnos, "fano-sofísticamente", hoy en día lo real. El hombre neolítico trascendió, no obstante la actualidad, lo puramente acto, facialmente, brutalmente actual. El espejo bajó del árbol y se remontó hacia las causas.
También luego, también paradójicamente luego, los cabalistas nos enseñarían como retornar a él, al manzano, los nórdicos al Fresno y los aztecas mexicanos a sus ramas fundacionales orientados por el vuelo propiciatorio del águila y una serpiente voladora que asentaría una ciudad.
Del pensamiento actual de lo concreto a lo abstractivo estirado y proyectista. Y he aquí, pues, lo que fácilmente consideraría yo el nacimiento del vértigo humano y su fruición exponencial hacia los páramos del tan celebrado PROGRESO.
Demasiado fácil no obstante, la tentación de considerar así.
Pues es progreso que por el momento tan sólo reconocemos como progresión, pese a que nuestra primicia sensorial, nuestro primer olfato senciente, lo quisiera presentir como ascensional y positiva.
¿Pero qué distingue verdaderamente progreso de regresión sino un criterio previo? Una convicción, una necesidad de ideal civilizador arrojada propiciatoriamente incluso sobre sí. Todos nos sentimos partícipes entre lo cuerdo, lo sano, lo progresado y civilizado. Calificativos estos cuya ausencia siempre nos inclinan a señalar al otro.
Y no obstante el S.XIX nos prendó con asombro cuando descubrió, científicamente, lo evolutivo. Mientras tanto, y poco después, un monje que moriría anónimo tras descubrir en su precario huerto la varianza reproductiva, volcaba la genética hacia las ventanas matemáticas del fenotipo.
Y Cnosos nos asombra con su pintura natural. Su arte, su mercado, su quehacer civilizador recogido (usurpado) por lo ático. Atenas es hija del genio minoico, ¿pero cómo? Tal misterio nos sobrecoge... ¿Progreso?
Darío se anticipa al cerebro organizativo romano; Alejandro rompe con su espada el nudo gordiano pero ata otro para los diadocos aun más difícil de resolver... ¿Progreso?
Y tras él, para la Hélade, el Egipto de los ptolomeos erigiría el primer gran locus cultural cosmopolita. El museo, la biblioteca, y el mausoleo científico de investigación, cuyo influjo directo perduraría hasta la alternativa no católica, escolástica, de la filosofía neoplatónica: Alejandría.
¿Progreso?
Cuan fácil seria decir que sí. Pero aún no, aún no hemos definido de forma distinta el tal fenómeno como para apodárselo justipreciadamente sino por su apariencia o mera conveniencia o simpatía afiliadora a cualquier acontecer. De hecho este término, al igual que tantos, es profusamente utilizado, estampado, panfletariamente entre el rumor histórico de los ecos de la arenga ideológica, sobremanera por la gratuidad de su imprecisión y la ductilidad para la conveniencia falaz.
Otros términos ambiguos (y de algunos ya hablaremos, espero) han sido, y me temo que son, por ejemplo: estado, poder, justicia, paz, confrontación, neutralizar, cambio, libertad, amor, odio, felicidad, vida, satanismo, diablo-ángel (daemon), bien, mal, perfección... Con ello no descubro nada. Útiles y aperos para empalago e insulto de cualquier cordura mínimamente sensible y crítica.
¿Es acaso lo remarcable, lo denotado por la labor historiográfica, aquel único relevante evento que acontece? Afirmar que sí es contradicción. Pues es la misma historiografía la que nos lega aquella realidad a reinterpretar o rescatar historiográficamente. Es como pretender oír a Los Beatles en estéreo desde nuestros viejos LPs por el mero hecho de disponer, ahora, por fin, del mejor HiFi del 2001 (¿creo que es ese el año en el que nos encontramos... Si no fuera así ¿Me podría avisar alguien, por favor?) No vamos ahora a redescubrir lo mas evidente de la hermenéutica, que también dispone ya de su tratamiento histórico.
Y este rizado rizo es para la mayoría, sin más, soslayable por quórum profano, pues se apela universalmente a lo que casi todos convienen por resonancia callejera. A saber: el progreso es algo evidente, otro criterio sería retardatario... ¡Y cuidado con chistar!
Esto se lo oyes decir a cualquiera, cuando no lo contrario.
¿Y qué es peor? ¿El ciudadano posmodernista muy puesto él, o el moralista o religioso? El verdaderamente retardatario, troglodítico, hijo de la necesidad y la añoranza restauradora de los viejos tiempos y sus mórbidos valores, sorprendido siempre de nuevo blandiendo su escorpiónica cola, esgrime sus ponzoñosas y sensatas torsiones "de viejo" hacia atrás. Un aguijón lleno de austera sobriedad y conspicuas aspiraciones valorativas para lo siempre ayer.
Pero aún no hemos explicado el progreso sino a través de paralelismos y sinonimias, o en contrastes con sus supuestos contrarios: involución, regresión, retroceso... Y esto no deja de ser hasta ahora lirismo, convicción y poesía. Aún no nos resulta utilizable, práctico, que, digámoslo sin ningún recato, es lo que demuestra; así, claramente, sin más.
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